Consuelo no respondió.

—En estas cuestiones no me engaño nunca: ¿qué más? sé el nombre del ser odiado... ¡soy yo!... No haga usted signos negativos que no me convencerán: usted me odia, me detesta, me aborrece con un sentimiento inextinguible de repulsión, y eso, si el testimonio de mis sentidos no bastase a revelármelo, lo sé por Sandoval, por usted misma... Desconozco el origen de esa repugnancia, quizá usted la ignore como yo, mas no por ello es menos cierta. También usted produjo una revolución en mí, pero de bien distinto carácter: usted me atraía, a su lado me encontraba bien, y al poco tiempo mi amistad hacia usted era más grande y más firme que la que profesaba a Alfonso, con ser ésta muy antigua.

—Pero, caballero—interrumpió Consuelo—, ¿a qué viene usted aquí?... ¿A acusarme?

—No, señora.

—Entonces... ¿a qué?

—A decir que la amo, que la quiero con toda mi alma—repuso Gabriel aplomadamente.

—¿A mí?...—exclamó Consuelo poniéndose de pie—; ¿pero usted sabe lo que dice?

—Sí, señora, porque lo siento aquí dentro, en este pobre corazón que se me rompe.

—¡Ay, por la Virgen del Carmen!—gritó Consuelo llorando—, váyase usted... sí, yo le odio y le temo al mismo tiempo, por eso huyo de Madrid... acertó usted; quiero hallarme lejos, muy lejos, donde no pueda usted hacerme daño...

—Consuelo—dijo Gabriel—, siento asustarla hablándola así, pero el tiempo apremia y no quiero separarme de usted sin confesar toda mi pasión. Hace algunos meses yo la hubiese podido querer a usted castamente, como a una amiga; más todavía: como a una hermana... Pero después este cariño estalló como un volcán y hoy me devora el pecho; ya no tengo paciencia ni fuerzas para contenerme, ni para resignarme a soportar un día y otro los furiosos embates de esta borrachera amorosa que no da treguas y va abrasándome las entrañas. No, mentira, yo nunca he sido amigo suyo, porque aquel sentimiento amistoso duró un instante y el amor lo substituyó en seguida; yo no puedo cortejarla a usted lentamente, porque ni mi edad ni mi temperamento lo consienten, y sé cuán ridículo es el hombre que mendiga lo que por su esfuerzo puede obtener. Eso es vulgar, y yo, señora, seré un malvado, un criminal... lo que usted quiera; nunca una vulgaridad.