La ventana de una de las habitaciones interiores, impulsada por el viento, se cerró con estrépito, saltando en pedazos sus cristales, y la lívida luz de un relámpago bañó el gabinete con su lívido y fugitivo reflejo.

Consuelo lanzó un grito de terror y se persignó; y cuando, pasados algunos segundos, resonó la lejana voz campanuda del trueno, que gruñía como un mastín malhumorado, la joven se encogió en el diván sollozando, tapándose los oídos.

—¡Por Dios, Gabriel, por el recuerdo de la mujer que más haya querido!—exclamó suplicante—, váyase usted, se lo ruego... siento que las fuerzas me faltan, que mi vista se nubla... voy a ponerme mala.

—Sí, me iré—repuso el médico con apasionamiento—, y para conseguirlo no necesita usted implorar la intercesión de un Dios, en quien no creo, ni tampoco la de ninguna mujer querida, pues mi primera pasión está muerta y enterrada, y la única que luego reverdeció mi corazón es la que ahora siento por usted. Por eso me iré, por complacerla, pero antes quiero que sepa usted todo lo que siento, todo lo que sufro... hoy aún es tiempo; mañana ya sería tarde... Consuelo—prosiguió Montánchez, cogiendo una de las manos de la joven, que estaba inmóvil y helada—, repare usted en lo grande que será mi pasión cuando obliga a un hombre, tan altivo y bien curado de calenturas amorosas como yo, a dar este paso. Yo, desengañado del mundo, renuncié a él; cansado de una vida en que sólo pesares y miserias coseché, me escondí en mi estudio resuelto a morir lejos de aquella sociedad que mi juventud amó tanto; usted, mejor que nadie, sabe cómo vivo... y vivía feliz, porque vivía tranquilo, con esa felicidad helada de los que no sienten; y tan dichoso era en mi nuevo estado y tal miedo me inspiraban los combates del mundo, que ni la virtud de Penélope ni la hermosura de Safo, me hubiesen hecho renacer a mi pasada vida aventurera. Usted, sin embargo, tuvo habilidad para transformarme antes de que yo mismo preveyera lo que iba a ocurrir... Ahora la deseo a usted con frenesí, con un arrebato que da vértigos, con la ceguedad que deben de poner en sus pasiones los salvajes o los dementes. Mucho quiero a Sandoval, pero antes que su felicidad está la mía; y como mi dicha es usted y usted es también la suya, estoy dispuesto a disputársela palmo a palmo, cara a cara, riñendo noblemente...

—¡Oh, no!—interrumpió Consuelo—, usted no hará nada en contra de mi marido... entonces le odiaría más y hasta sería capaz de asesinarle.

—No sé aún qué haré—repuso Montánchez levantándose—, pero confieso que algunas veces me ciega una nube de sangre... La noche en que fué usted al baile de la Zarzuela, yo era la máscara disfrazada de astrólogo que la obligó a bailar... ¡Estaba usted tan hermosa... miraba usted a Sandoval con tanto cariño, resultaba tan horrible mi soledad comparada con su alegría!... que enloquecí de celos y tentado anduve de reñir con él para desafiarle y matarle después.

—Es usted un miserable—gritó la joven con violencia y acercándose al balcón—; váyase usted, salga usted de aquí, porque si Alfonso viene y le encuentra se lo cuento todo.

—No me importa.

—¡Váyase usted!

—No puedo.