—Consuelo—repuso Montánchez levantándose y sonriendo fríamente—, yo estoy loco y a los locos no se les razona; se les pega; de lo contrario el loquero está perdido.
—¿Y qué quiere usted decir con esto?
—Que, con palabras, nada consigues de mí.
—¡Ay sí... es verdad, es usted demasiado cruel para enternecerse!
—A ser cruel me enseñó el mundo; ¿no lo eres tú también conmigo?
—Pues me defenderé cuanto pueda; pediré socorro.
—Tampoco conseguirás nada; yo soy el más fuerte.
Montánchez miró su reloj, vió que aún podía disponer de una hora y procuró conquistar mañosamente lo que, por la violencia de sus manos y el imperio de su voluntad, hubiera obtenido al momento.
—Consuelo—repitió acercándose al mirador en que la joven se había refugiado—, acércate, aquí dentro no estarás tan expuesta al flúido eléctrico de la tempestad.
—No, no, antes me muero—repuso ella mirándole con ojos de loca—, prefiero sucumbir abrasada por un rayo a estar junto a usted.