Entonces Montánchez sintió que su calma y su prudencia se agotaban y que las oleadas de ira le invadían el corazón.

—Pero, insensata—rugió asiendo fuertemente a la joven por el talle y atrayéndola hacia sí—, ¿no ves que tu resistencia es inútil y que si ya no apelé a la fuerza es porque te quiero demasiado para lastimarte antes de agotar todos mis recursos y toda mi paciencia?

—¡Piedad!...

—Tú eres mía, mía en cuanto yo quiera... Estás sola, indefensa, entregada a mi pasión... ¿No comprendes que eres mi esclava porque mis ojos te fascinan y no resistes mi mirada?...

—Déjeme usted, suélteme—murmuró la joven pugnando por desasirse.

—No, eso nunca, mañana te vas y el Destino te habrá separado de mí para siempre.

—Va usted a perderme, a envilecerme...

—¿Qué importa? Aquí tiene que haber una víctima... y esa víctima serás tú, pues si yo llevase mi abnegación al extremo de inmolarme por ti, mi sacrificio sería una de esas heroicidades anónimas que nadie agradece y que pronto se olvidan. Tú o yo, es el dilema; pero como me disputas la felicidad me incitas a seguir tu ejemplo, y el triunfo, por tanto, será del que más pueda; ven...

—Piedad, Gabriel, piedad para mí...

—Y de mí, ¿quién tendrá piedad?