—Dios, que lo ve todo.
—No creo en su justicia.
—Por Alfonso, Gabriel.
—Tampoco. Alfonso, en mi caso, sería traidor como yo.
—¡Ay!... ¿Cómo es usted tan insensible?
—¿No lo sabes?—repuso el médico devorándola con los ojos—; porque eres muy hermosa y tu cuerpo es de ésos que los hombres no perdonan. Ven...
Consuelo echó a correr y, pasando por detrás de los sillones colocados delante de la chimenea, se refugió en la alcoba.
Montánchez la siguió.
La tempestad había acortado la duración del crepúsculo, y las sombras nocturnas aumentaban el pavoroso rumor de la lluvia contra los cristales.
—Salga usted de aquí—exclamó Consuelo imperiosamente—; éste es el dormitorio de una mujer honrada en el cual ningún hombre, que no sea su marido, puede entrar; salga usted, repito: fuera, lo que usted quiera; aquí, nada.