Su voz vibraba bajo el influjo de sus nervios crispados.
—Consuelo—repuso el médico, calculando que la cama era demasiado ancha para salvarla de un salto y que la joven se disponía a correr sirviéndose de ella como de un burladero—, acércate.
—¡Salga usted de aquí!—contestó ella.
Montánchez quiso atajarla por un lado, pero comprendió que si se separaba de la puerta su víctima encontraría el paso libre para huir.
—Váyase usted—repitió la joven—, es muy tarde y Alfonso puede llegar.
—Vengo dispuesto a todo y le mataré; pero, antes, acércate.
—Nunca.
—¡Acércate!
—No, no.
—¡Consuelo—gritó Gabriel clavando en la joven su poderosa mirada—, ven aquí!