El flúido magnético empezó a obrar.

—¿No oyes?

Ella lanzó un alarido desgarrador y se tapó la cara con las manos para substraerse al poder de aquellos ojos devoradores.

—¡Ven aquí!—repitió Montánchez—, ¡ven aquí; yo te lo mando!

Después, adivinando que la infeliz, falta de voluntad, no podría moverse, se acercó a ella a pasos lentos y mirándola siempre.

En aquel momento la angustia de Consuelo fué infinita: sabía que su verdugo la sugestionaba desde lejos, que su pobre albedrío era esclavo del suyo y que estaba perdida; Gabriel la envolvía con una red invisible que paralizaba todos sus movimientos y hasta del uso de la palabra la privaba; le vió acercarse y su piernas rígidas se negaron a andar; y cuando sintió la vigorosa mano de Montánchez posarse sobre su hombro fué tan grande la atonía que instantáneamente invadió sus miembros, que hubo de apoyarse sobre el pecho del médico para no caer.

Mas aquel desmayo duró segundos, y otra vez su dignidad ofendida protestó contra las vergonzosas debilidades de los nervios.

—¡Piedad, piedad para mí!—murmuró.

Y con un esfuerzo se zafó de Montánchez y corrió al gabinete: allí se detuvo junto a la ventana, pálida, los cabellos en desorden, la respiración anhelante, perdido el color, mirando a todas partes con una siniestra expresión de idiota asustada.

Pero Gabriel Montánchez, que corría tras ella borracho de lujuria, la asió brutalmente y la arrojó sobre el sofá.