Entonces se trabó entre ambos una lucha desesperada en que la joven, no pudiendo desembarazarse de aquellas manos que la oprimían como dos anillos de hierro, se revolcaba desesperadamente, retorciéndose como un trozo de pergamino sobre el fuego.
—¡No quiero, no quiero!...—repetía.
Mientras, el médico, a quien su pasión fatigaba más que los esfuerzos que hacía para sujetar a su presa, alentaba penosamente como un caballo cargado después de subir una larga cuesta. Luego apoyó una rodilla sobre una de las piernas de la joven, inclinóse hacia adelante y sus labios se acercaron.
La viva luz de un relámpago iluminó el cuadro con resplandores de incendio, y ella lanzó un grito estridente: acababa de ver al médico junto a sí, devorándola con sus ojos inyectados, y sentido su aliento mezclarse al suyo y el primer beso, beso frenético que debió de hacerla sangre en las encías. Aquella era la realización de sus horribles pesadillas de calenturienta; por fin estaba a punto de consumarse el crimen que tanto temió; aquél era el hombre siniestro, encarnación viva de todos los fantasmas que en otras épocas la persiguieron; era el mismo semblante afeitado, pálido y frío, del fatídico monigote vestido de bayeta verde...
Hizo otro esfuerzo supremo para librarse, pero no lo consiguió: no podía respirar ni defenderse; tenía una pierna colgando fuera del sofá y la otra rígida, inmóvil, bajo una rodilla de Gabriel que, ebrio de pasión, la sofocaba besándola los ojos, la boca, detrás de las orejas; ella sentía repugnancia y desmadejamiento invencibles y unas manos que la acariciaban bajo las faldas, causándola un sentimiento de asco que helaba su corazón. Después resonó un trueno, y Consuelo, como si acabase de recibir una descarga eléctrica, dió un bote tan violento que Montánchez perdió el equilibrio y los dos cayeron al suelo. Pero la víctima, privada de conocimiento, ya no se defendía y únicamente se agitaba presa de una crisis nerviosa que la hacía prorrumpir en exclamaciones y frases incoherentes, en tanto Montánchez la mordía, estrujándola entre sus brazos...
Luego se levantó, colocando a Consuelo sobre el sofá, a su lado: también a él le faltaban fuerzas para respirar y lanzó un suspiro profundo, aspirando con regocijo el aire de aquella habitación, tan pura hasta entonces, y que ya parecía oler a adulterio y a cuerpo de mujer gozada: sentía en sus profundos un pequeño escozor, algo así como un remordimiento, por haber vencido a una infeliz desmayada, y al mismo tiempo un sentimiento de orgullo satisfecho que le esponjaba.
Y como Consuelo siguiera gritando y retorciéndose bajo el influjo del ataque histérico que sufría:
—Calla, pobrecita—dijo sujetándola las manos para evitar que se lastimase—, soy malo, es cierto, soy criminal... pero este crimen no quedará así, pues pienso unir para siempre mi vida a la tuya... y con el tiempo conquistaré tu cariño y serás mía en cuerpo y alma...
Las luces de los faroles de la calle iluminaban el cuarto con claridad incierta.
Entonces fué cuando Montánchez reparó en el gran espejo puesto sobre la chimenea, y en que sobre su luna, débilmente alumbrada y preñada de sombras se percibía la cabeza de un hombre; aquella cabeza era la suya. Levantóse lleno de curiosidad para examinarse mejor; hacía más de tres años que no se veía y la súbita aparición de su imagen le cautivó. Era el mismo de siempre, con aquélla su hermosura varonil de atleta romano; comparóse mentalmente a su último retrato y vió que no había cambiado notablemente; quizá su frente fuese algo más espaciosa que antes, y las arrugas de su entrecejo, largas horas contraído por la meditación, se hubiesen acentuado; pero la nariz, los ojos, la expresión de la mirada, todo seguía igual, como insensible a los años, a las vigilias y a los sufrimientos.