Montánchez permaneció algunos minutos delante del espejo, inmóvil y preocupado, pensando en la misteriosa relación que tal vez mediase entre su última hazaña y la súbita aparición de su imagen que volvía a ponerse delante de sus ojos, mostrándole tal como fué siempre.
—Ese soy yo—dijo—, el Gabriel de hace quince años... pero desde Amalia a Consuelo, cuántos nombres de mujer, cuántas aventuras, cuántos acontecimientos han pasado... ¿Por qué la memoria seguirá inmutable en medio de las transformaciones de la materia?... ¿Habrá en el hombre algo más que huesos que se rompen, tendones que se relajan y carne que se pudre?...
De pronto recordó que era muy tarde y salió precipitadamente de la habitación; Consuelo quedaba desmayada y expuesta a romperse la cabeza contra el suelo, pero era preciso huir antes de que la llegada de Alfonso agravase la situación. Al llegar al recibimiento sintió que abrían la puerta de la escalera y apenas tuvo tiempo para esconderse tras la cortina que cubría la entrada del despacho.
En aquel momento entró Sandoval, y Consuelito Mendoza, cual si hubiese adivinado su llegada, dió un grito desgarrador, llamándole; Alfonso lanzó otro de sorpresa y corrió hacia el cuarto de su mujer sin acordarse, en su atolondramiento, de cerrar la puerta, circunstancia que aprovechó Montánchez para salir de la casa sin ruido.
Consuelo se revolcaba por la alfombra dando gritos horribles, golpeándose la hermosa cabeza contra los muebles, con el pelo suelto y las ropas jironadas.
Alfonso se arrojó sobre ella para impedir que se destrozase, y trabajosamente consiguió levantarla en brazos y llevarla al lecho. Allí la lucha continuó; ella lanzaba gemidos de angustia, barbotaba frases incoherentes que no podía terminar porque su boca se llenaba de espumarajos blancos, y se retorcía de un lado a otro agitando los brazos como si rechazase las furiosas acometidas de un enemigo invisible.
Pocos momentos después llegaron las criadas. Sandoval las interrogó acerca de cómo había comenzado aquel ataque, pero ellas no supieron qué responder: cuando salieron, la señorita quedó en el gabinete cosiendo; no sabían nada más.
Las convulsiones de la joven eran tan violentas que fué necesario atarla los brazos al cuerpo y los pies a los pilares de la cama, mientras Alfonso agotaba los recursos de su menguada ciencia casera poniéndola un pañuelo empapado en amoníaco debajo de la nariz, friccionando sus muñecas con alcohol, apretándola fuertemente entre sus manos el dedo que llaman “del corazón” y rociándola con agua los ojos y la frente. Después de forzarla a tomar un baño de pies, casi hirviendo, disminuyó la intensidad de la crisis y pasados algunos instantes la enferma abrió los ojos.
—¡Pobre niñita mía!—exclamó con júbilo Sandoval acariciando las mejillas ardientes de Consuelo y desatando sus ligaduras—, no te apures; la tempestad ha pasado; los truenos te asustaron, ¿verdad, nena?... ¡Pícaros truenos! ¡Asustar a mi niña, a la mujercita de mi alma!... ¡Como tope por ahí alguno voy a hacer con él un escarmiento! Pero no los encontraré, porque son unos cobardones que sólo saben meter ruido!...
Consuelito Mendoza estaba inmóvil, insensible a aquellas frases cuyo cariñoso significado no comprendía; sus ojos abiertos no parpadeaban.