—Consuelo—dijo Sandoval, poniéndose en la línea que seguían las miradas de la enferma para obligarla a fijarse en él—, ¿no me conoces?...

—Yo...—repuso ella moviendo la lengua con suma dificultad—, yo... yo no le conozco a usted.

—¿Que no me conoces?

—No, señor.

—¡Muchacha; mírame bien!

Consuelo se alzó de hombros.

—Vaya, cuando digo que no sé quién es usted... Sí, quizá le he visto alguna vez, pero ahora no recuerdo... Lo que tengo es mucho sueño; déjeme dormir...

Y entornó los ojos tranquilamente.

—¡Pero, fíjate bien—insistió Sandoval—, soy yo, tu maridito... Alfonso!...

—Alfonso...—repitió la joven coordinando las ideas rebeldes que se obstinaban en escapar—; sí, recuerdo... ¡pero hace de eso tanto tiempo!... Además... Alfonso ha muerto; ha muerto, sí—añadió suspirando—, le mataron, yo quise defenderle y no pude... le dió una puñalada ese amigo suyo... a quien él quería mucho... ¡hombre, usted debe de conocerle! Concho, ¿qué hace usted ahí callado, que no lo dice?...