—Pues yo soy ese Alfonso de que hablas.
—¿Usted?... ¡Ca, ya quisiera! No nacerá otro hombre como aquél; usted se le parece, pero no es el mismo.
—¿Y quién le mató?—dijo Sandoval emocionado por aquellas extrañas confesiones.
—No sé...
—¿Era Gabriel?
Un súbito presentimiento le animaba.
—Era—repuso ella contrayendo los ojos para reunir mejor sus recuerdos—, era... ¡concho, qué rabia, lo tengo aquí, en la punta de la lengua y no sé decirlo!...
Su semblante se entristeció repentinamente y por sus mejillas resbalaron dos lágrimas.
—Lo cierto es—murmuró con angustia—, que mi Alfonsito ha muerto o que ya no se acuerda de mí, pues nunca viene a verme. Me trajeron a este manicomio pretextando que estoy loca, cuando en realidad no estoy enferma de aquí arriba, sino de aquí—dijo señalando el corazón—; éste es el que me duele, porque ha querido mucho... sí, mucho... a ese Sandoval, precisamente, de quien usted hablaba...
Alfonso, conmovido por aquellas lágrimas de amor, tan puras y tan tristes, estrechó a Consuelo entre sus brazos; ella no hizo ningún movimiento y volvió a quedar tendida sobre el lecho con los brazos abiertos y los ojos cerrados. Sandoval aprovechó este período de calma para desnudarla: la operación fué larga, el desmazalado cuerpo de la joven cedía a la fuerza de la gravedad tan absolutamente, que cada uno de sus miembros pesaba doble que en su estado normal, cual si estuviesen rellenos de plomo. Alfonso, jadeante, se aceleraba cuanto podía, recelando una nueva crisis; no pudo desembarazarla de sus pantalones y tuvo que rasgarlos, y como el corsé también se obstinaba en no ceder, cogió unas tijeras y cortó las cintas. Al quitarla el corpiño sus miradas advirtieron un profundo arañazo en el cuello: sin duda se lo hizo ella durante su delirio, como también algunas uñetadas en la frente. Pero examinándola mejor, retrocedió con la estupefacción pintada en el semblante: acababa de ver cinco manchas negras en cada brazo de la enferma, cinco cardenales producidos por los dedos de una mano vigorosa: las señales eran tan claras, tan evidentes, que era imposible dudar, y Alfonso presintió que aquella crisis encerraba un misterio, acaso un atropello abominable.