Consuelo seguía inerte, en medio de aquel lecho tan grande.

Volvió a estudiar Sandoval las manchas cárdenas de los brazos, y se convenció de que sólo las manos de un hombre robusto pudieron causarlas. Entonces sintió que la sangre afluía a sus sienes y con agitación febril empezó a examinar el cuerpo de Consuelo: necesitaba pruebas que corroborasen el lúgubre pensamiento que crecía por instantes en su cerebro; la reconoció los brazos, el pecho, el vientre, la puso de costado, boca abajo, volteándola en un sentido y en otro, como el tigre que juega con una presa. En la parte anterior interna del muslo derecho vió una manchita negra causada por un golpe o por una fuerte presión, y en el lado posterior de la misma pierna, un arañazo: aquella última señal por sí sola, era inocente, pues Consuelo pudo hacérsela con las uñas, pero unida a las otras constituía una prueba más. Allí había un problema, una incógnita que urgía despejar.

Alfonso Sandoval permanecía de pie, los brazos cruzados, absorto, mirando con insistencia a un ángulo obscuro de la alcoba, como si allí estuviese oculta la clave del misterio. Había en su cabeza tal confusión de pensamientos que no podía meditar en ninguno sin que otros cien vinieran a distraerlo. De pronto tapó a Consuelo que empezaba a tiritar de frío, y apoyó un timbre. La doncella y la cocinera acudieron.

—¿A qué hora—preguntó Alfonso—he salido hoy de aquí?

—Pues... a las dos.

—¿Y vosotras?

—A las tres y media... o poco más.

—¿Había empezado a llover?

—No, señor.

—Cuando os marchasteis, ¿qué hacía la señora?