—La señorita estaba cosiendo aquí, junto a la ventana... aguarde usted, me parece que era una camisa de usted lo que cosía...
—¿Y parecía alegre?
—Sí que lo parecía; “lo cual” que yo la dije que por qué no se echaba a descansar un poquito...
—¿Y después de salir yo, vino alguien?
—No, señor; por lo menos, mientras nosotras estuvimos aquí.
—¿Nadie, nadie?—insistió Sandoval con un acento colérico que hizo temblar a las dos mujeres.
—Le juro a usted que nadie—repuso la doncella—; ya ve usted, ¿qué interés íbamos a tener en negar?...
—¡Basta! podéis acostaros; no ceno esta noche ni estoy para nadie.
Cuando se quedó solo cerró la puerta del aposento con llave y cogiendo el quinqué se puso a escudriñar todos los rincones, buscando las pruebas de aquella espantosa tragedia que creía aspirar en el aire.
Buscó sobre el sofá; debajo de las sillas; junto a la chimenea; sólo halló una horquilla y era un dato tan mezquino, que apenas merecía contarse. Entonces se sentó en una butaca y con los codos sobre las rodillas y la cara entre las manos, abismóse en un mar de cavilaciones inconexas.