Desde allí veía la cabeza de Consuelo iluminada por la luz del quinqué colocado a la cabecera del lecho, sobre la mesilla de noche, y su silueta seductora aumentaba sus dudas y sus celos. Porque Alfonso tenía celos...

—Sí—exclamó a media voz—, aquí ha entrado un hombre, no puedo dudarlo... y ese hombre no vino por mi dinero... sino por ella... Y logró su intento: el miserable consiguió su objeto, porque una pobre mujer enferma como ésta no tiene ni valor, ni energías, ni astucia para defenderse... Pero, no—añadió levantándose—, estoy loco; ¿quién se atrevería a tanto? ¿Quién pudo saber que ella estaba sola? Y, sin embargo, esos cardenales que afean sus brazos no tienen explicación posible; los arañazos y aun la mancha del muslo no encierran gravedad, pero, ¿y las señales de los brazos?...

Sandoval se acercó otra vez a la desmayada como queriendo leer a través de sus párpados cerrados la pureza de su alma, o arrancar a su ensueño alguna confesión, algún nombre, que aclarase sus dudas. Las campanadas de un reloj vecino, a pesar de lo amortiguadas que llegaron a la alcoba, produjeron en la enferma el mismo efecto que todos los ruidos lejanos: Consuelo se estremeció, cual si una corriente de aire frío la hubiese azotado, bostezó profundamente y abrió los ojos. La brillantez de su mirada revelaba que el ataque pasó y que la conciencia readquiría su acostumbrado imperio.

—Consuelo, ¿qué tienes?—fueron las primeras palabras de Alfonso.

La joven le miró y sus hermosos ojos reflejaron un espanto indecible; hizo ademán de arrojarse del lecho para huir, y como él se lo impidiera, se echó en sus brazos dominada por una angustia suprema. Pronto aquel paroxismo doloroso empezó a deshacerse en un abundante raudal de lágrimas y suspiros.

—¡Ay, Dios mío, Dios de mi alma... Alfonso de mi vida, si tú supieras, si tú supieras!

—¿El qué, hermosa; qué te ha sucedido?

Pero ella continuó llorando y sin contestar.

Después el exceso del dolor determinó un nuevo accidente, perdió el conocimiento y su espíritu sepultóse en aquel mundo caótico donde de nada le servía a Alfonso la sonda de su buen juicio para guiarse y llegar a la posesión de la verdad. Luego prorrumpió en gritos y frases cuya misteriosa hilación era inapreciable, pues el cerebro funcionaba como el cilindro de una caja de música al que le faltan muchas púas y, por efecto de esta mutilación, produce acordes incompletos.

Así fueron resbalando las horas; eran las dos de la madrugada, la lluvia y el viento habían cesado y en el silencio sólo resonaban las tenues pisadas de los trasnochadores; el ruido de sus pasos se acercaba, se les sentía pasar bajo los balcones y luego aquel rumoreo sordo decrecía lentamente, hasta extinguirse con la sombra del transeúnte; y entretanto, resonaban en la quietud de la casa los gritos de Consuelo; gritos estridentes, espantosos, que erizaban el vello de la piel.