El éter y el agua de azahar fueron impotentes para contrarrestar los efectos del ataque, y la crisis duró hasta el amanecer. Entonces la enferma, dominada por la fatiga, cayó en un sopor profundo que fué relajando sus tendones y quitando a los músculos energía: quedó tendida sobre el lado derecho, la boca entreabierta, las mejillas demacradas, los brazos sobre el embozo, la cabeza caída hacia atrás, sin fuerzas ni aun para cerrar las manos...

Sandoval, que se había sentado junto a la cama, siguió largo rato sumido en sus tenebrosas meditaciones: estaba frente al misterio y no podía resignarse a no resolverlo.

El quinqué, falto de petróleo, se apagó y Alfonso quedó a obscuras, el ceño fruncido, persiguiendo entre las sombras el semblante de aquel hombre que desde hacía algunas horas procuraba inútilmente reconocer: parecía Harpócrates velando la cuna de un niño. Pero el fresquecillo de la mañana y el cansancio de aquella terrible noche rindieron su voluntad, y acabó quedándose adormilado, la frente apoyada sobre el lecho.

VIII

Estos violentos ataques de histerismo determinaron nuevos desarreglos en la salud de Consuelo. La desdichada, presa de fuerte calentura, pasaba las noches y casi todas las horas del día delirando o sumida en un sopor del que despertaba temblando de miedo.

En los tres días consecutivos al primer ataque, el mal adquirió ventajas decisivas; los desvanecimientos eran tan prolongados, los delirios tan intensos, había tal confusión en las ideas de la paciente y tal expresión de insensibilidad en su mirada, que Alfonso llegó a temer que Consuelo perdiese la razón.

Alarmado por este pensamiento, encargó a las criadas el cuidado de la joven y corrió a casa de Montánchez.

El médico estaba en su despacho escribiendo, cuando Sandoval llegó.

Alfonso refirió abreviadamente el objeto de su visita.

—¡Diablo!—exclamó Gabriel soltando la pluma—, ¿qué advertiste en ella para alarmarte de ese modo?