—No acierto a decirlo concretamente—repuso Sandoval, a quien un íntimo sentimiento de pudor contenía—; pero desde anteayer está desconocida. Parece que la última tormenta le causó efectos horribles; el ruido de los truenos o la electricidad de la atmósfera rompieron algún resorte capital de su cerebro y la máquina está desorganizada: quiero que la veas, que la examines bien, pero con interés, con verdadera pasión, como si fuera cosa tuya. Me mata la inquietud; necesito conocer el estado de Consuelo, pero pronto, aunque tu diagnóstico me sea fatal... soy de los hombres que prefieren luchar con los obstáculos frente a frente, por grandes que sean, a caminar entre sombras...
—Pues no puedo complacerte.
—¿Cómo?
—Porque no debo ir a tu casa.
—Y ¿por qué?
—Mi presencia perjudicaría a Consuelo; ¿no sabes que me detesta?
Alfonso miró a su amigo de un modo extraño.
—¡Y eso qué importa!... otras veces no te has preocupado de ello: tú vas, la examinas, me prescribes lo que debo hacer y asunto terminado.
—No puedo—repuso Gabriel con entereza—, y no achaques esta negativa a terquedad mía; no puedo, no debo ir, ¿entiendes?...
—¿Me obligas, pues, a buscar otro médico?