—Sí, es preferible; otro cualquiera podrá dirigir a Consuelo con más facilidad que yo, pues no tendrá que habérselas con la antipatía que ella siente por mí. ¿Y delira?
—Constantemente; es una verbosidad inagotable.
Un ligero estremecimiento contrajo las facciones de Montánchez; sus mejillas palidecieron.
—¿Cuál es ahora su tema favorito?
Alfonso repuso, temiendo que el médico descubriera su secreto:
—Ninguno, o mejor dicho, lo ignoro, porque habla con dificultad suma y apenas la entiendo.
Con esto se fué Sandoval y Montánchez se quedó examinando su situación y los acontecimientos que se precipitaban unos en pos de otros como los eslabones de una cadena; estaba indeciso, fluctuando entre la idea de esperar en su casa el trágico desenlace de aquel enredo, o luchar sobre el campo empleando toda su audacia y todo su ingenio en ocultar su crimen: al fin resolvió dejar transcurrir algunos días.
Por su parte, Alfonso no sabía qué hacer: el consejo de llamar a otro médico y de inmiscuirle en sus secretos de alcoba le repugnaba, y consecuente con el procedimiento favorito de los irresolutos, prefirió quedarse en expectativa aguardando la llegada de algo que resolviese aquella situación anómala.
Entretanto el espíritu de Consuelo experimentaba una revolución radical; durante los primeros días la joven estuvo sepultada en un marasmo preñado de siluetas de las que apenas se acordaba. La escena con Gabriel Montánchez fué tan fuerte y concurrieron en ella tantas circunstancias contrarias, que su razón cayó anonadada, cual si hubiese recibido el choque de un rayo en la frente.
Pasado aquel momento en que su miedo y su amor propio la incitaron a defenderse briosamente de su violador, su alma quedó sumida en un mundo inconsciente, tenebroso, velado de sombras; era un vacío inmenso, sin luz ni ruidos, sin sensaciones, poblado de fantasmas negros.