En aquel estado presentía débilmente la existencia del mundo real donde hasta entonces había vivido, pero sus ecos eran tan tenues que no bastaban a sacarla de su letargo: los percibía, sí, pero entre sueños, vagamente, sin que su razón coordinase aquellas impresiones lejanas; era una somnolencia extraña, semejante a un éxtasis, con la diferencia de que el suyo era un éxtasis pasivo, sin alucinaciones visuales ni voces proféticas, como si su alma durmiese con un sueño tan profundo que el cuerpo, a pesar, de las vibraciones de sus nervios, no tuviera fuerzas para despertarla.

A ratos aquel mundo sombrío se iluminaba con destellos fugitivos de razón, y Consuelo entonces readquiría por breves momentos la conciencia y el dominio de sí misma; pero la realidad era tan cruel que no tenía valor para mirarla frente a frente, y tornaba a desvanecerse.

En aquella situación Consuelo se manifestaba exteriormente de dos maneras distintas. Unas veces, particularmente de noche, caía en un estado de idiotez y desmadejamiento completos, y otras su excitación nerviosa era tan grande, que se convulsionaba, lanzando gritos y retorciéndose los brazos como una endemoniada.

Cuando la hiperestesia de aquel primer período fué decreciendo, la enferma presentó una nueva fase: iba recobrando la conciencia de un modo lento, por grados casi insensibles, mientras sus facultades volvían poco a poco al mundo de la luz y de la realidad.

Entonces, y sin procurarlo, se examinó, y advirtióse tan cambiada, tan diferente de sí misma, que tardó mucho en reconocerse, como el borracho a quien aplican un frasco de amoníaco a las narices y vuelve en sí, que hallándose aún medio adormilado por los vapores del alcohol se palpa y duda, a despecho de lo que sus sentidos le dicen, de si aquél es su cuerpo y aquéllas sus manos. Así Consuelo se sentía desfallecida, aplanada por un supremo cansancio moral.

Luego esta impresión indefinible y mortificante se precisó más, trocándose en una tristeza muy grande, muda, taciturna, que no se traducía en lágrimas ni en quejidos; algo así como un remordimiento. Cuando Sandoval procuraba distraerla con sus burletas y sus cuentos, la pobre enfermita permanecía silenciosa, sin comprender bien a su marido.

Éste hablaba de teatros, del viaje que emprenderían en cuanto ella se restableciese un poco, y de las mil preciosas chucherías que pensaba comprarle en los bazares de París: y como ella moviese la cabeza en señal de duda:

—Sí, niña—se apresuraba a decir Alfonso—, lo que tú tienes es una debilidad que desaparecerá no bien aspires los aires del campo; te he examinado y sé que tus órganos están intactos: el corazón y la cabeza, que son los dos centros motores más importantes, funcionan perfectamente, y cuando logres sobreponerte a ese decaimiento que dejó en ti la fiebre, te quedarás mejor que al principio de la enfermedad. ¡Ya verás—proseguía dominando el sombrío curso de sus pensamientos para distraer a la joven y apartarla de los suyos—, en cuanto lleguemos a unos de esos villorrios que blanquean entre las peñas del mar, vamos a ponernos desconocidos; tú más gorda que una sultana favorita, y yo más negro que un moro; porque en eso consiste la mitad de la diversión; en volver bien bronceados por el sol y los aires costeros. Por las mañanas nos levantaremos temprano y en casa de cualquier vaquero vecino ordenaremos nos sirvan dos vasos muy grandes de leche: luego me terciaré una escopeta al hombro y nos iremos al bosque a cazar, cogidos de la mano como dos chicos. Tú llevarás el morral y serás la encargada de coger los pajaritos muertos, o las liebres, que de todo hay en el campo, y tan bien puedo andar de puntería que acaso mate algo; y si quisieras acostumbrarte a los tiros, yo me echaría el fusil a la cara, tú apretarías el gatillo, y así los estragos que causásemos los llevaríamos a medias sobre la conciencia. Cuando el calor apretase mucho nos refugiaríamos al pie de los árboles frondosos, hechos dos filósofos peripatéticos de aquéllos que antiguamente se sentaban, con un libro en las rodillas a arrancarle secretos a la ciencia, al pie de un alcornoque o de un ciruelo. Yo me acostaría tripa arriba, con la cabeza sobre el morral o sobre un canto, y me metería unos taponcillos de hilas en los oídos, para impedir que las hormigas, compañeras inseparables de los que comen en el campo, cayesen en la tentación de amenizarnos la siesta tocándome las trompas de Eustaquio; tú, como eres más delicadita, te acostarías con la cabeza apoyada en mi pecho, y así nos quedaríamos haciendo con nuestros cuerpos la señal de la cruz para ahuyentar al diablo que podía andar por allí y tener la tentación de cargar la carabina para darnos luego un susto. Aunque mejor sería no asustarle para que nos espantase las moscas con el rabo... ¿Qué te parece?

Consuelo casi nunca respondía; cuando más articulaba un monosílabo o hacía un gesto; esto era todo: su atención era tan débil que cuando su marido acababa de hablar no recordaba lo que había dicho, y tanto se acentuó su pasividad intelectual, que Alfonso se convenció de que su mujer había sufrido un golpe que iba privándola de razón y convirtiéndola en una idiota.

No obstante, las ideas de Consuelo fueron precisándose, y comprendía mejor las diferencias de tiempo y de espacio; y la distancia que separaba al ayer del presente, y al hoy del mañana.