Sabía que estaba enferma, y que lo estuvo mucho más, y que sufrió fiebres y delirios espantosos, porque su marido y las criadas se lo dijeron; pero esto no era todo.

Había en su historia de la anterior semana un punto obscuro del cual no recordaba por más empeño que ponía en ello; contraía las cejas, se golpeaba la frente llamando al recuerdo fugitivo y nada, su memoria no conseguía despejar las sombras; y, sin embargo, Consuelo presentía que aquel punto obscuro encerraba un secreto de donde provenía el origen de su enfermedad y de su tristeza.

Cuando su mejoría se acentuó un poco más y pudo hablar, interrogó a su marido acerca de aquella incógnita que tanto la preocupaba; Alfonso, temiendo provocar alguna nueva crisis, rehuía la conversación, aplazando la ocasión de hablar.

—¿Desde cuándo estoy mala?—preguntaba la joven.

—Desde la semana anterior.

—¿Qué día de la semana?

—El viernes.

—¡El viernes!—repetía ella que revelaba por las contracciones de su semblante sus esfuerzos mentales—, no sé qué hice ese día ni a qué hora me acosté, ¿fuimos al teatro aquella noche?

—No.

—Y por la tarde, ¿qué hicimos?