—Lo de costumbre; yo me marché al casino y tú te quedaste cosiendo; ¿no recuerdas que al día siguiente debíamos irnos de viaje?...
—¿Qué viaje?
—¡Por Europa, chiquilla!... Pues apenas si tenías entonces ganas de ver mundo...
—Por Europa... Europa... ¡Es raro! No establezco bien la conexión que hay entre los objetos y las palabras... En cuanto me separo un poquitín de lo visible, mi cerebro empieza a dar vueltas y todas mis ideas desaparecen en una nube de humo... Europa... Tengo de ello una noción que no concreto bien.
—¿Y del viaje?...
—¡Psch!... eso del viaje me parece un sueño, un proyecto que tuvimos hace mucho tiempo.
—Pues no es un sueño, querida mía, porque ahí está nuestro equipaje.
Consuelo no sabía qué responder; sus pensamientos perdían su hilación al llegar a aquel lugar obscuro que dividía su existencia en dos mitades, y todos sus esfuerzos imaginativos para pasar de allí eran inútiles.
Los días se sucedían sin que en la salud de la enferma se iniciase ningún progreso notable: su sueño siempre intranquilo, interrumpido por pesadillas que a cada momento la despertaban, y los días los pasaba inmóvil, mirando un objeto cualquiera con la fijeza de un hipnotizado; por las tardes era preciso arroparla mucho porque la fiebre la hacía tiritar; en cuanto comía empezaba a quejarse del corazón y se mantenía con ponches y tazas de caldo que Alfonso cuidaba de administrarla de hora en hora.
Conforme su organismo iba reconstituyéndose con los buenos alimentos y el descanso, sus ideas se fortalecían y el campo de los recuerdos se agrandaba.