Cierta tarde Consuelo mostróse algo más comunicativa que de ordinario, y hasta se extralimitó a pedir unas rodajitas de pan frito para acompañar el chocolate. Sandoval, maravillado de tan evidente mejoría, procuró animarla a levantarse un ratito, mas ella dijo que la dejasen tranquila pues quería dormir. Pero, mientras su cuerpo permaneció indolentemente inclinado como si realmente disfrutase de un sueño reparador, el espíritu continuaba trabajando, inquiriendo, analizando, zurciendo ideas, evocando impresiones y desmenuzando recuerdos allá en las microscópicas retortas de su invisible laboratorio. Ello fué que la conciencia avanzó un poco más que otras veces, logrando asir un concepto que hasta entonces anduvo huído; aquél trajo otro y éste otro, que a su vez arrastró tras sí algunos más, pues los recuerdos son como las cerezas, y la luz, la terrible luz tanto tiempo buscada, brotó al fin.
Por primera vez vió Consuelo iluminarse aquel punto tan negro hasta entonces; su conversación con Montánchez, la tempestad, la lucha, la caída... todo desfiló ante sus ojos como las figuras de una terrible linterna mágica.
La impresión causada por este doloroso recuerdo fué tan viva, que la joven dió un salto sobre la cama exhalando un grito angustioso.
Sandoval se levantó precipitadamente.
—¡Consuelo, Consuelo!...
Pero la infeliz ya no le oía.
Cuando, pasado aquel ataque que duró varias horas, recobró Consuelo la conciencia de sí misma, su tristeza hasta entonces muda y sin nombre, sacudió la embotada sensibilidad de sus nervios deshaciéndose en torrentes de lágrimas.
¡Al fin lo recordaba “todo”, estremeciéndose ante el secreto encerrado en aquella palabra!...
Como por arte mágico desfilaron por su imaginación los recuerdos de aquellos dos últimos años y la historia de la insensata pasión de Gabriel: la noche en que Sandoval le presentó a su amigo, la desagradable emoción que experimentó al sondear con una mirada el semblante del médico, las circunstancias innúmeras que más tarde concurrieron a aumentar el antagonismo que involuntariamente sentía por él, la repugnancia a someterse a sus planes curativos, sus ensueños que parecían profetizar lo que luego sucedió, sus congojas cuando estaba junto a aquel hombre misterioso que, a despecho de su amabilidad, la infundía miedo; los perversos planes ideados por Montánchez para alejarla de su marido y disminuir la bienhechora influencia de Sandoval; y, finalmente, sus proyectos de viaje o, más bien, de fuga, único medio de evitar las fatales consecuencias del amor que bien a pesar suyo había encendido.
La pasión creció poco a poco en Gabriel hasta dominarle por completo; era un fuego tardío que volvía a caldear las cenizas aún tibias que le dejaron otros amores, pero que por lo mismo de ser el postrero brotaba con ardor y pujanza juveniles; que así como los crepúsculos matutino y vespertino se parecen, de igual modo las pasiones que marcan la primavera y el otoño del corazón se asemejan también.