Consuelo adivinó la tempestad que en aquella alma iba formándose, la sintió crecer y rugir, y tembló por ella y por Sandoval. Cohibida por las circunstancias, sin energía para tomar una resolución decisiva y temiendo provocar un conflicto grave entre Montánchez y Alfonso, cuyo genio arrebatado no necesitaba excitaciones para desbocarse, prefirió esperar creyendo que manifestando repugnancia hacia el médico conseguiría separar a Alfonso de su amigo y disuadir a éste de su amor. Pero la enfermedad era muy grande y un remedio tan débil no dió resultado.

Gabriel no se preocupó de aquel odio de paloma, seguro de conquistar tarde o temprano los favores que Consuelo no quisiera otorgarle de buena voluntad, y Alfonso se rió de las antipatías de su mujer como de un capricho infantil. ¡La pobre no consideró que estando enferma nadie tomaría en serio sus deseos, y la tratarían como a una loca mansa y bonita a la que era necesario dispensar todo!

Quiso protestar y no pudo; le faltaban palabras, conceptos propios y una voluntad enérgica que la sostuviese; si alguna vez procuró hablar con su marido de aquel asunto, Alfonso la embromaba llamándola monigote mimado, la besaba, la daba azotitos, la hacía cosquillas... y ella entonces también reía y olvidaba sus negros presentimientos: así fueron sucediéndose los meses a los días, y cuando Consuelo, quebrantando su letargo, comprendió que era preciso huir, el Destino torció un instante la buena marcha de las cosas, despeñándola al abismo cuando iba tocando con sus manos las puertas de la salvación.

El recuerdo de aquella caída obscura y sin placer, la causaba infinita angustia. ¡Ay!... nadie lo sabía, a nadie se lo dijo, el horrible misterio moriría con ella, pero adivinaba que ya no era la misma, que la Consuelo de ahora era semejante pero no idéntica a la Consuelo de antes, y que sobre su cuerpo, hasta entonces tan fiel, había caído una mancha imborrable, que Alfonso no la perdonaría nunca. Recordaba las conversaciones de su marido acerca de la fidelidad conyugal, la idea elevadisísima que tenía éste formada de la mujer, y lo que dijo una noche en que, siendo novios aún, ella le reprochó llorando sus relaciones con una cantante de zarzuela.

—Ése es un pecadillo que debes perdonarme—había contestado Alfonso—, pues los hombres que como yo están acostumbrados a la vida alegre, no pueden prescindir de ciertas distracciones; pero eso acabará hoy mismo, y si alguna vez mis ojos y mi cuerpo te han sido infieles, mi corazón y mis pensamientos siempre fueron tuyos; la materia podrá caer arrastrada por la tentación, pero el alma te pertenece.

—Esos distingos no me convencen—repuso ella—; ¿te gustaría que yo hiciese otro tanto? ¿O eres tú de los caballeretes que defienden la ley del embudo?...

Entonces Sandoval se extendió en una larga disertación acerca de la citada ley, diciendo que pues las primitivos legisladores no disfrutaron de sueldo, no es raro procuraran recompensarse su trabajo concediendo a los hombres libertades especiales.

—El amor—sostenía Alfonso—es una pasión única, inmensa, universal, sin épocas ni fronteras; es el único destello que Dios puso en nosotros: el sentimiento que nos hace discurrir, trabajar y caminar hacia adelante; y si estudiásemos minuciosamente la historia, veríamos cuántos adelantos ha realizado el amor en la humanidad. Esta pasión tiene dos fases, dos aspectos diferentes; las mujeres lo consideran de un modo, los hombres de otro. El amor lo ocupa todo en la vida de una mujer, mientras en el hombre sólo llena una parte; la mujer cifra su felicidad en querer hasta el delirio y ser amada de igual modo, y está dispuesta a los mayores sacrificios aun cuando el hombre a quien entregó su albedrío no corresponda cumplidamente a su pasión; y no le pregunta por su pasado, ni le importa que haya tenido queridas; sólo ansía amor, amor eterno; así quieren las mujeres de corazón, así me quieres tú... El hombre no siente el amor así, pues su sexo, su educación y su temperamento, se lo impiden. Yo, verbigracia, hago de mi mujer mi ángel tutelar: tú eres mi amor, mi ilusión más querida, mi esperanza más risueña, mi tesoro más preciado; en ti deposito mi felicidad y mi honor, te doy mi juventud, mi existencia, mi fortuna, el vigor de mis caricias, todo lo que poseo, hasta mi nombre... Nuestros destinos no pueden separarse; tu sangre es mía; tu carne es mi carne, lo que a ti te molesta a mí me ofende también; no tenemos más que una cabeza y un corazón, un entendimiento y una sola voluntad, y, claro es, Consuelo mía, que poniendo en ti toda mi alma, he de quererte más que a mí, pues al amor que te profeso agrego el que tú me inspiras como mujer buena y hermosa. Por mi persona no paso cuidados; soy fuerte y me sobran brazos y corazón para defenderme de cualquier enemigo; pero en cambio tú, niña de mi alma, que eres débil y tímida, me preocupas constantemente. Yo, que conozco los lazos que el vicio enlaza a los pies de las mujeres, ¿cómo he de consentir que ande libremente por el arroyo la joya que yo desearía guardar en un fanal para que el aire no la tocase?... Eso equivaldría a poner una perla en el regajo, al alcance de la codicia pública. No, Consuelo; yo te deseo con toda mi alma y todo mi cuerpo, y por eso quiero que tu cuerpo y tu alma estén enteramente puros, que no hayas querido a nadie, que no hayas besado a nadie, que yo sea el único hombre que estreche tu brazo y llegue a tu corazón. Conozco tu historia; tu buen padre, al echarte en mis brazos limpia de toda mancha, cumplió su misión; ahora he de cumplir yo la mía. No tengo celos de ti, pero debo tenerlos de todos los hombres, porque mi buen sentido me dice que ellos te desean como yo te deseo, porque tu hermosura halaga su sensualidad y despierta sus pasiones, y si no te enamoran es porque no se atreven. Y no digas que soy mal pensado, porque eso mismo hice yo antes de enamorarme de ti con todas las hembras hermosas que he visto, y no soy más pecador que otro cualquiera... Pues bien; si alguno de ellos, abusando de tu debilidad o de mi confianza, llegase a ti, manchando la castidad de tu cuerpo, creería que el mundo me aplastaba. ¡Ay, Consuelo!... Nada ha sucedido y, sin embargo, cuando pienso que esa catástrofe entra en el número de las cosas posibles, siento vértigos de ira. No hallaría ningún tormento para castigar al villano que nos hubiera perdido, pues aunque sorprendiese a su mujer y a sus hijas y devolviera en ellas la afrenta que en ti me hizo, aunque le cosiera a puñaladas, su sangre no bastaría a lavar su crimen, porque las cosas que sucedieron son irremediables. Tú eres luz que me guía, aire que dilata mis pulmones, espejo donde mi honor se refleja... y antes que ese espejo se rompa o se empañe, antes que esa luz se extinga o ese aire me falte, prefiero morir.

De estas apasionadas conversaciones se acordaba Consuelo y cada frase punzaba su corazón: Alfonso había sido un buen profeta, sus temores se cumplieron.

—Ya no soy la misma mujer—murmuraba en sus amargos soliloquios—que hace dos años llevó al altar; ya no soy su ángel custodio, porque el demonio me cortó las alas... Sí, quiero morir para descansar, para no acordarme; las caricias de Gabriel me dan frío; sus besos, asco... algunas veces creo que se me conocen en la cara... Deseo morir, es el único medio de que este secreto permanezca oculto; muerta yo, Alfonso nada sabrá y seguirá amándome: soy buena, la conciencia no me reprocha nada; merezco, pues, en cierto modo, que él siga amándome... y la idea de que mi memoria le arranque lágrimas y de que irá a poner flores sobre mi tumba, es lo único que me hace feliz... No quiero vengarme de ese canalla; la persona a quien podía encomendar mi venganza es Alfonso, y aunque el desgraciado le matara, se moriría después de dolor; ¡él mismo me lo ha dicho muchas veces!...