Estos monólogos eran silenciosos, los discurría sin llegar a pronunciarlos, y dando vueltas al mismo tema pasaba los días, mientras Alfonso, sentado junto a ella, miraba sus labios, acechando alguna frase que le pusiera en la pista del hecho que su corazón presentía. Cuando la intensidad de aquel marasmo intelectual disminuía, Sandoval procuraba distraerla refiriendo cuentos; ella le escuchaba atentamente, pero de pronto, y cuando él estaba más satisfecho de la virtud terapéutica de su conversación, el rostro de la joven se cubría de palidez cadavérica, sus ojos se llenaban de lágrimas y se arrojaba llorando en brazos de su marido.
—¡Ay, Alfonso, encanto de mi vida—decía entre sollozos—, qué desgraciada soy!... ¡Qué pena, Dios mío, qué pena tan grande llevo en el corazón!... Yo me siento morir, porque esto no me deja respirar, no puedo vivir así... tengo metida en el pecho una serpiente que va devorándome las entrañas poco a poco... ¡No, tú no sabes cuánto sufro... es una espina, un veneno, un demonio... deseo morir o que me mates!...
Y en el paroxismo del dolor, con la voz enronquecida por la angustia y como si quisiera descargar su conciencia:
—¡Ay, Alfonso—decía—, si tú supieras, si tú supieras!...
Al fin, caía rendida sobre el lecho, y Sandoval quedaba absorto, devorando sus dudas, estudiando aquellas palabras misteriosas que el dolor arrancaba a la prudencia de la enferma.
Cuando salía de su abstracción, ya Consuelo estaba desmayada y era inútil preguntarla; entonces la sacudía desesperado, cogiéndola de un brazo.
—¿Qué no sé yo? di... ¿qué es lo que ocultas?...
Después su excitación disminuía y tornaba a sentarse, con las piernas extendidas y los brazos cruzados.
Había transcurrido un mes desde que Consuelo cayó enferma: los ataques histéricos eran menos frecuentes, pero su salud quedó muy resentida. Tenía los ojos más hundidos, el semblante enflaquecido, los labios sin color, el cuerpo desmazalado; comía poco, dormía mal y la fatiga avasallaba su espíritu.
Alfonso Sandoval decidió que los médicos la reconociesen, pues Montánchez se había negado a ello rotundamente, y por la alcoba de Consuelo pasaron varias celebridades científicas. Unos creyeron que se trataba de una afección cardíaca, otros de un padecimiento cerebral, quién de un desarreglo en las funciones del aparato generador, y quién imputó al hígado la culpa de todo. Alfonso escuchaba sus pareceres y les hacía recetar, y cuando hubo desfilado el último, reunió un montón de prescripciones tan extensas, que entre todas hubiesen agotado los medicamentos de una botica bien surtida: duchas, fricciones, pomadas, cataplasmas, sanguijuelas, agua de azahar, éter, cloroformo, valeriana, acónito, bromuro... de todo había allí.