El último médico que vió a Consuelito Mendoza fué un antiguo amigo de Sandoval.

El anciano profesor la pulsó, la examinó los ojos, auscultó los latidos cardíacos, reconoció detenidamente el vientre y los costados, y después de repetir las mismas operaciones varias veces, sorprendido de no hallar nada se encogió de hombros.

—El corazón—declaró—está sano, pero anda mal; sufre palpitaciones y contracciones violentísimas que me inducen a creer que la enferma ha experimentado una impresión muy grande.

—No sospecho qué pueda ser—repuso Alfonso.

—¡Es extraño!... yo juraría que algo grave la ha sobrecogido.

—Y usted no podría precisar...

—Imposible; si usted, que vive con ella, lo ignora, ¿cómo voy a saberlo yo, que desconozco su historia y su vida?...

El médico se fué sin recetar y Alfonso volvió al cuarto de Consuelo devorado por sus presentimientos.

La joven, que no se había enterado de nada, parecía dormir.

—En este misterio hay un hombre—murmuró Alfonso—; no sé quién es, pero el corazón me dice que hay un traidor, cuyo nombre necesito conocer; ¡si ella hablase, si pronunciase una palabra, una sola!...