Y se quedó mirando a Consuelo como quien contempla a una esfinge.
La vida de Consuelo iba extinguiéndose paulatinamente, como lámpara falta de aceite. El cerebro perdía vigor y las nociones del mundo real se borraban mezclándose unas a otras; los nervios, relajados por las descargas eléctricas que habían sufrido, no vibraban y yacían insensibles y lacios como las cuerdas de un instrumento musical roto; y como consecuencia inmediata de aquel agotamiento intelectual, el cuerpo también se hallaba rendido.
Consuelo empezó a enflaquecer de un modo alarmante: su repugnancia a ingerir alimentos y su dolor silencioso y continuo, eran dos poderosos agentes de destrucción a los cuales su delicada juventud no podía sobreponerse. En su pálido semblante se acentuaban las dos arrugas laterales que cava el desencanto desde las ventanas de la nariz a las comisuras labiales, los ojos perdieron su brillo, el cuerpo su esbeltez, el cuello su gracia. Una consunción terrible minaba su organismo arrebatando lentamente la vitalidad a la sangre, la energía a los músculos, su frescura a la carne.
Consuelito Mendoza se moría, pero rápidamente, por momentos, con una velocidad tal, que casi podía apreciarse a simple vista: Sandoval lo reconoció y su angustia fué mayor sabiendo que la joven moría de tristeza, de anemia, de histerismo, del corazón, de una enfermedad, en fin, sin nombre, vaga, misteriosa como la producida por aquellos infernales venenos que componían los italianos del siglo XVI.
Hasta entonces se limitó a ver y callar, y cuando hablaba con ella lo hacía de asuntos indiferentes, temiendo mortificarla con sus preguntas. Entretanto, se devanaba los sesos discurriendo siempre acerca de la misma cuestión. ¿Cómo enfermó tan repentinamente? ¿Quién la cubrió los brazos de cardenales?... Un hombre, sin duda; y ese hombre, ¿quién era, cómo se llamaba, dónde vivía?...
Muchas veces pensó en Gabriel Montánchez; el médico era su amigo, casi su hermano, y aunque no hubiese renunciado por cansancio y desde hacía mucho tiempo a su antigua vida libertina, el entrañable cariño que ambos se profesaban imposibilitaba una traición: desconfiar de Montánchez equivalía a dudar de la virtud de Consuelo o de sí mismo, presunciones ambas inadmisibles.
Alfonso renunció, pues, a esta primera hipótesis y echóse a discurrir y a fabricar castillos en el aire. Un enamorado desconocido no podía ser, porque Consuelo jamás salía sola a la calle y nadie enloquece de amores por una mujer a quien no ha tratado; el hombre que entró en su casa tampoco fué un ladrón, pues nada faltaba; era, por tanto, lógico suponer que habían ido por su honra y no por su dinero.
El silencio de la joven corroboraba sus conjeturas; era innegable que ella, contra su costumbre, disimulaba algo. ¿Por qué no hablaba del viaje con el interés que hasta entonces? ¿A qué causa atribuir su tristeza y su enfermedad?... ¿Era admisible que una tronada de primavera fuese origen de aquella gravísima perturbación nerviosa?... Y, finalmente, ¿cómo Consuelo no le reveló el motivo de los arañazos y verdugones que tenía en las piernas, en los brazos y en la cara?... Allí había un secreto, tanto mayor cuanto más inexplicable era el silencio de la enferma, y era necesario despejarlo en seguida porque le iba en ello su tranquilidad y tal vez la vida de la joven.
Alfonso Sandoval dejó de salir; permanecía día y noche sentado en un sillón junto al lecho, cuidando a Consuelo, tapándola cuando se desnudaba, inventando farsas para distraerla en sus ratos de juicio, procurándola bocados substanciosos y exquisitos al paladar, y acechando el momento de arrancar a sus delirios alguna revelación. Esta esperanza era la que le sostenía impidiendo que la fatiga cerrase sus párpados; no tenía sueño, ni ganas de comer, ni de salir: era también un estado patológico de sus nervios, acuciados siempre por una idea fija.
De noche se embozaba con su capa para no sentir frío, y mientras apuraba, una tras otra, varias tacitas de café, vigilaba a Consuelo con atención y paciencia incansables; cuando ella balbuceaba alguna frase, Alfonso se inclinaba sobre el pecho de la enferma procurando entender lo que decía por el movimiento de las labios; mas aquellos sonidos mal articulados eran tan débiles que nunca podía entenderlos, y tornaba a sentarse desesperado, bregando siempre con el mismo tema.