Y otra vez desfilaron por su cabeza aquel ladrón desconocido y las figuras de sus compañeros de casino, aun las de aquéllos que menos trataba, y la de Montánchez; y después de examinarlas minuciosamente volvía a empezar con la primera de la serie, obligándolas a girar en torno suyo como los caballejos de un tío vivo.
De pronto sus ojos se iluminaron y cuatro palabras que envolvían una duda espantosa surgieron ante él entre dos signos de interrogación.
—¿Y si fuese Montánchez?—preguntó la voz reveladora.
—¿Y si fuese Montánchez?—murmuraron como un eco los labios de Sandoval.
Pero, no, eso era imposible; ya se lo había preguntado antes y rechazó tal pensamiento como absurdo... ¿Y por qué lo rechazó?... Ah, sí, por varias razones que eran de gran peso. Sin embargo, no estaba tranquilo.—¿Y si fuese, y si fuese?...—repetía en sus profundos la voz misteriosa.
—Gabriel—agregó—siempre fué un calavera, un perdido con talento y buena fortuna, pero también un vicioso con el alma manchada de cieno. Un hombre que no cree en el honor, ni en sí mismo, ¿no es capaz de todo?... ¡Horror!... Hacerme él traición... no, no lo creo; yo, tratándose de un amigo íntimo, tampoco sería capaz de cometer villanía semejante... Además, Gabriel me quiere bien, tengo recibidas de su cariño pruebas inconcusas, y aunque sea un pillo es también un valiente que, antes de traicionarme, me diría sus intenciones claramente. ¡Además!... él está muy hastiado de placeres y el cansancio es la moral que más santos ha hecho. Por otra parte, Consuelo le odia con toda su alma... ¡No, cuando digo que eso es imposible!...
Sandoval se pasó la mano por la frente horrorizado de la ofensa que mentalmente infiriera a la honradez y fidelidad del médico, y nuevamente comenzó a girar el fantástico tío vivo de sus amistades.
Pero la figura de Gabriel Montánchez volvió a presentarse una vez y otra con tal insistencia, que llegó a dominarle. Recordó las palabras que había oído a Consuelo en diferentes ocasiones, la inexplicable aversión que sintió siempre hacia su amigo, el malestar que experimentaba en su presencia y la facilidad que Gabriel adquirió para dormirla...
—¡Y si el miserable, abusando de ese poder, hubiera llegado hasta el punto...!
El concepto embozado en aquella frase despertó en él una ira salvaje y, sin saber lo que hacía, dió tal patada en el suelo, que las paredes retemblaron y Consuelo abrió los ojos; mas el ruido se extinguió y sus párpados volvieron a cerrarse con la tranquilidad del caminante que, tras una jornada de muchas leguas, se abandona al sueño sobre un colchón de plumas.