Aquellas primeras cavilaciones arrastraron en pos de sí otras memorias y Sandoval fué acordándose del empeño que mostró Gabriel en curar el histerismo de Consuelo por la sugestión; sus consejos acerca de la conveniencia de conceder a la joven más libertad y permitir que anduviese sola y por donde quisiera, so color de fortalecer su voluntad y acostumbrarla a discurrir por sí misma; su empeño en referir en sus reuniones íntimas del invierno, lances maravillosos que cautivaban la imaginación de Consuelo y le ofrecían como a un personaje novelesco rodeado de esa aureola fantástica que envuelve a los protagonistas de los cuentos orientales; y, sobre todo, recordó un detalle... una frase que entonces creyó insignificante, pero que ahora era para él la expresión indubitable de un pensamiento criminal.
En cierta ocasión, estando Consuelo desmayada, él, subyugado por la hermosura de la joven, le preguntó a Gabriel sin poder dominar su pensamiento:
—¿Es hermosa, verdad?
Y Montánchez repuso:
—¡Oh, es perfecta!...
Sandoval recordó bien los pormenores de aquella escena: su amigo estaba de pie, mirando a la enferma con un arrobamiento que le alejaba del mundo; al oír su pregunta se estremeció, y como quien despierta de un sueño lanzó aquella exclamación; exclamación leal, que le salía de muy hondo, porque Montánchez la dijo con el acento del hombre que, creyendo estar solo, habla consigo mismo. Era, pues, indudable, que en tal momento el médico también admiraba la belleza de Consuelo, y este pensamiento envolvía un deseo, un principio de amor, que pudo ir muy lejos.
Sí, era innegable que Montánchez le había traicionado con el pensamiento, y el que las imagina las hace, no bien la ocasión se presenta; ¡y si aquella ocasión fatal hubiese llegado!...
Sandoval quedó estupefacto ante su descubrimiento, pues ya imaginaba que el criminal estaba descubierto y que sólo faltaba castigarle. Levantóse cautelosamente del sillón y, apartando la sábana y las mantas, examinó nuevamente los brazos de Consuelo a la luz del quinqué: las señales moradas habían disminuído mucho, pero aún se distinguían perfectamente; y tan grande, tan íntima era ya la convicción de Alfonso, que creyó reconocer en ellas las manos y los dedos de Montánchez.
—Sí, es él—exclamó a media voz—; ¿por qué buscar sofismas que le disculpen? Aquí ha ocurrido una escena horrible; en ausencia mía la ha fascinado, arrojándome a la cara un estigma que nadie puede borrar...
El crimen adquiría a los ojos de Sandoval proporciones tan gigantescas, que la magnitud de su venganza no le cabía en la frente. Levantóse desesperado y abrió con estrépito las hojas de la ventana; eran cerca de las siete de la mañana y la rojiza luz del quinqué palideció bajo la claridad diurna. El tiempo era hermoso, por la calle discurrían algunos barrenderos con sus escobas al hombro, en la Puerta del Sol había un grupo de desarrapados junto a un puesto de café.