—Pero necesito una prueba—murmuró Sandoval—, una sola, porque de lo contrario no sabré acusarle... Cuando venga le recibiré secamente, como nunca; a él le sorprenderá mi conducta, y como a los criminales los dedos les parecen agentes de policía, dirá: “Éste ya sabe algo”. Y como es de los templados, se pondrá fosco.—¿Por qué estás así?—Porque eres un canalla, Gabriel.—¿Yo?—Tú, sí; abusaste de Consuelo y voy a arrancarte las entrañas... no lo niegues, ten agallas para confesar tu crimen, cobarde ladrón... Atrévete, tú que has realizado tantas proezas, que has hecho correr a tantos... ven a mí, quiero reñir contigo en un cuarto cerrado, como pelean los hombres de verdad, no los fantoches de novela... Y él se encrespará furioso y se arrojará sobre mí, y entonces... ¡me le como a mordidas, le despedazo!... Le saco los riñones y se los pateo; le trituro, le reduzco los huesos a polvo, me baño en su sangre... ¡Toma, charrán, miserable, villano, bandido, toma!...

Comenzó a dar puntapiés, presa de terrible cólera; los muebles caían al suelo.

—¿Qué habías creído, bellacón—prosiguió—, que yo no era capaz de vengar tamaño agravio?... Toma, en las tripas, ¡pum! en la cabeza... ¡así! ven acá, levántate, ya te dejo, acércate, acércate más... Parece que mi cabeza va a dar un estallido... ¡Qué martilleo, estoy atontado!... ¿Y si fuera inocente, o tan hipócrita que negase a pies juntillas el mal que ha hecho? ¿Cómo la emprendo a bofetadas con quien jura ser mi mejor amigo?... ¿Y si con sus razones consigue calmarme y mientras yo me sosiego el indecente se ríe por dentro de mi credulidad?... ¿Qué hago yo entonces?... Por eso necesito una prueba de esas que se ven y se tocan... que son irrecusables... y con un testigo así ya no dudaré aunque él me aseverase lo contrario de rodillas. Señor, ¿por qué no habla Consuelo, por qué ese espejo no conserva la imagen de lo que aquí sucedió aquella tarde maldita?...

Acercóse a la chimenea y oprimió un timbre; la doncella se presentó.

—Ten—dijo Alfonso entregándola una tarjeta en donde había escrito algunas palabras—, ve corriendo a casa del señor Montánchez y entrégale esto. Vuelve pronto.

Cuando la muchacha llegó al domicilio del médico, éste se disponía a meterse en la cama.

Montánchez cogió la tarjeta y leyó:

“Gabriel: Necesito verte en seguida; ven”.

Montánchez estrujó el cartoncillo entre sus dedos y empezó a pasear por su despacho con la cabeza inclinada sobre el pecho y los brazos echados atrás, sin acordarse de que la mujer que tenía delante esperaba una contestación.

—¿Qué hora es?—preguntó.