—Las siete y media.
—¿De la mañana o de la noche?
—¡De la mañana!—replicó la doncella estupefacta.
Hubo una pausa.
—Bueno; dile a don Alfonso que iré después de la una...
En el transcurso de aquel mes Gabriel Montánchez había tenido tiempo suficiente para examinar su situación y el curso probable de los acontecimientos. Al principio creyó que todo estaba irremisiblemente perdido, pues lo más fácil era que Consuelo, en un momento de locura o de debilidad, se lo dijese todo a Sandoval, y resolvió permanecer alejado del teatro de los sucesos, esperando el desenlace de aquel drama cuyas últimas páginas iban necesariamente a mancharse de sangre; pero cuando vió que todo continuaba tranquilo y que Consuelo Mendoza se moría poco a poco y sin hablar, recobró su aplomo.
Montánchez se había engañado respecto de sí mismo una vez más, pues tomando por verdadera pasión lo que sólo fué un arrebato de su sensualidad, creyó que el amor hacia Consuelo era el mayor cariño de su vida; pero cuando satisfizo aquel deseo, la indiferencia consiguiente a la posesión le demostró que su corazón estaba frío y que la cabeza era demasiado dueña de sí para consentirle nuevas locuras, y lo único que deploró fué haberse expuesto tanto por lo que le interesaba tan de soslayo.
—Si Consuelo muere—pensó Montánchez disponiéndose a dormir—, el conflicto queda resuelto, pues los difuntos no hablan; si vive, procuraré estar a su lado todo el tiempo posible para sujetar su lengua.
A la hora indicada llegó el médico a casa de Sandoval. Éste le recibió en el gabinete; estaba un poco pálido por las cavilaciones y las noches de insomnio.
Gabriel se sentó en una butaca junto a la chimenea.