—¿Y Consuelo?—preguntó.
—Peor que nunca—repuso Alfonso secamente—; ninguno de los médicos que la han reconocido sabe decirme qué tiene; parece hechizada.
—Pues yo no pensaba venir—dijo Gabriel poniendo indolentemente una pierna sobre otra y apoyando sus manos cruzadas sobre la rodilla cabalgadora—, pero me has enviado un mensaje tan despótico que más bien parece un cartel de desafío, y en la duda he venido, ignorando ciertamente si me quieres para pedirme consejo o para reñir.
Sandoval miró a su interlocutor de hito en hito, y Montánchez sostuvo la mirada con perfecta tranquilidad, sonriente, como si no comprendiera que los ojos de su amigo querían leer su pensamiento.
—Te he llamado—dijo Alfonso—para ambas cosas; para pedirte consejos... y para reñir contigo si te negabas a dármelos.
—Pero, ¿a muerte?
—A muerte; como riñen los hombres.
—Veo que la enfermedad de Consuelo—repuso Montánchez burlesco—te ha avinagrado el carácter y haces mal en ponerte así, porque la dolencia de tu mujer no es grave; si enviudaras serías un viudo intratable, un traidor de melodrama.
—Gabriel—interrumpió Sandoval levantándose—, no te llamé para pasar un rato riendo, sino para discutir seriamente: quiero que cures a Consuelo; lo quiero y la curarás... porque eres el único hombre que puede curarla.
—Gracias.