—Señora...
—Adiós, don Gabriel.
—Beso a usted los pies.
A mediados de julio, Alfonso Sandoval y su mujer marcháronse a una playa, de la que regresaron a fines de septiembre más gordos y con los semblantes curtidos por el sol y los aires costeros.
Los buenos alimentos, el cambio de clima, las distracciones del viaje, y el placer de reintegrarse a su cuartito de la calle Arenal, tan lleno de sabrosos recuerdos, fueron circunstancias que influyeron eficazmente en el humor y en la salud de Consuelo.
Los baños la beneficiaron perfectamente: vino más gruesa, con mejor color, con más sangre en los labios y más alegría en los ojos; no sentía palpitaciones cardíacas ni calofríos, ni dolores de cabeza, ni aquellos súbitos desvanecimientos de la temporada anterior. Alfonso, creyéndola definitivamente curada, visitó a Montánchez para hablarle del asunto. El médico mostróse desconfiado. Dijo que el mal era muy antiguo y de raíces harto profundas para que unos cuantos baños de placer hubiesen bastado a extirparlo, que sin duda Consuelo estaba en mejores condiciones que antes para someterse a un tratamiento higiénico y terapéutico regular, pues su organismo tenía más sangre y más vida, pero que aún faltaba lo más delicado y lo que más paciencia requería por parte de todos.
—Es indispensable—concluyó—que tu mujer vuelva a someterse al hipnotismo: con este poderoso agente, el frío del invierno, que ya se nos echa encima, y las diversiones que diariamente la proporciones, podemos triunfar del mal antes de un año. Conviene, sobre todo, que la distraigas mucho, para allanarme el camino. Consuelo te quiere demasiado; su amor a ti constituye un capricho que la acosa diariamente y la persigue hasta en sueños, como el recuerdo de un crimen, barrenando su cabecita enferma: por eso las diversiones contribuirán eficazmente a contrarrestar los destructores efectos de esa idea fija. Las ideas fijas son los clavos del cerebro, las espadas invisibles que lo atraviesan destruyendo la excelsa arquitectura de sus ruedas. He pensado insistentemente en el temperamento de nuestra querida enferma, y confieso que no vi nada tan digno de estudio. Consuelo, aunque correspondas santamente a su cariño, sufre de amor; y así como hay organismos animales y vegetales parasitarios que sólo pueden vivir adheridos al cuerpo de otros animales mayores, así el espíritu de Consuelo es un espíritu parásito que vive en el tuyo y por el tuyo. Te tiene junto a sí y desearía sentirte más cerca, sobre sus rodillas, entre sus brazos, para guardarte todo entero dentro de sí misma; estáis separados y se divierte contando los golpecitos que da el segundero del reloj, comprendiendo que cada uno de ellos acerca en un instante el de tu regreso, y te presiente como si tu voluntad obrase a distancia sobre la suya. Consuelo, y no lo digo para que te engrías, sino para que procures remediar ese daño que inconscientemente produces, vive en ti y para ti, como Santa Teresa de Jesús creía vivir en Dios: vive en ti, porque sólo en ti piensa, y por ti, porque tú eres la voluntad que la sostiene, el objeto de su amor, el elegido de su alma; eres la luz que alumbra el mundo puesto ante sus ojos, la cabeza con que discurre, la única voz que conmueve sus entrañas, la sangre que la nutre, su presente, su porvenir, su vida entera, ahogándose en tu amor como el duque de Clarens en su barril de malvasía. ¿Y crees que puede vivir bien aquél cuya alma habita en otro cuerpo que el suyo? ¿Crees que Consuelo tendrá alguna vez carácter, por más esfuerzos que yo haga para infundírselo, mientras tú sigas viviendo y queriendo y pensando por ella?... Imposible: aquí se trata de restituirla lo que ella sin querer te dió y lo que tú, sin darte cuenta, aceptaste; es decir, su carácter, su modo de ser, su idiosincrasia moral; o lo que es lo mismo: urge que Consuelo tenga un alma que viva, obre y discurra libremente.
—¿Y para eso, qué debemos hacer?—preguntó Sandoval.
—Para eso necesitamos que, al mismo tiempo que la diviertes, dejes sentir tu influencia lo menos posible, para que insensiblemente vaya enajenándose de esa tutela psíquica que sobre ella ejerces. Sé que la labor es escabrosa y que Consuelo será el primer obstáculo que estorbe su emancipación; pero si tienes fe en mis consejos apóyalos en la seguridad de que mis planes no han de fallar.
—Comprendo tu pensamiento: quieres que divierta a Consuelo, que la lleve al teatro, a las reuniones de sus amigas, y que, según la entre el mundo de la alegría y de los placeres por los ojos, me anule retirándome discretamente por el foro, para que ella, viéndose sola y fuera de su casita, se acostumbre a regirse por sí misma, ¿no es eso?...