—Exactamente.
—Tu proyecto no está mal urdido, pero... ese papel de simple tramoyista es difícil para un hombre tan enamorado y celoso de su mujer como yo. Tiene enjundia decir al entrar en un baile y aunque sólo sea mentalmente: “Vaya, caballeros, aquí tienen ustedes a mi mujercita que se ha enfermado de quererme; como ven, es joven y hermosa; tengan ustedes la bondad de agasajarla y distraérmela a fin de que se acostumbre a vuestras monadas y a quererme un poco menos”...
—Búrlate cuanto quieras—repuso Montánchez—; pero si examinas el asunto comprenderás que mis consejos son los únicos que pueden conducir a un feliz resultado, pues mientras debilitas el influjo que tu voluntad ejerce sobre su espíritu, el roce del mundo, la costumbre de discurrir y de moverse por sí misma y el hipnotismo tonificarán su espíritu. La vida es un cambio continuo de sugestiones; estudia lo que sucede cuando dos personas viven juntas: siempre una de ellas, la más inteligente, la más enérgica o la más graciosa, es quien actúa sobre la otra; influjo del cual suelen no darse cuenta ninguna de las dos, pero cuyos efectos son innegables, porque lo que al principio fué simple imitación, se convierte luego en identidad moral y hasta en cierto parecido físico. Tu matrimonio es un ejemplo de esto, pues la idiosincrasia de Consuelo y la tuya armonizan perfectamente: ella es dócil y sumisa, aun cuando tratada superficialmente parezca lo contrario; impresionable y cariñosa, de inteligencia despierta, pero de voluntad débil y deseos tranquilos; y tú eres apasionado, enérgico, arrebatado, dominador; naciste para vivir libremente y ser cabeza en donde estuvieres; tu mujer nació para querer mucho y obedecer ciegamente al objeto amado: cualquier hombre la hubiese subyugado fácilmente, pero tú la esclavizaste en absoluto: padece un “mimetismo” psíquico completo, y ahora, aunque quieras levantarla del suelo donde se prosternó voluntariamente para adorarte y devolverla su carácter y su libertad moral, no lo conseguirás sin grandes trabajos. Su conciencia es para ti lo que Dios para Lutero: un cuadro en blanco sin otras inscripciones que las que quieras poner. Tú eres la voz, Consuelo el eco; tú eres el cuerpo, ella el espejo reflector; tú, en fin, bribonazo, posees lo que tendrán muy pocos hombres: una boca que sólo se abre para reír tus gracias y asentir a cuanto la tuya diga; unos ojos que ven por los tuyos y que cegarían de tanto llorar si no los mirases; un cerebro y un corazón que son eco de tus pensamientos y de tus pasiones; una mujer que siente contigo, que llora o ríe cuando te ve llorar o reír, y que si alguna vez se acuerda del mundo es porque vives en él... Declaro, por tanto, que Consuelo ha lanzado un “mentís” incontestable sobre mis teorías acerca del amor y de la duración de los humanos afectos; pues ni he visto querer así, ni creí nunca que en corazones femeninos cupiesen pasiones tan grandes.
—¿Y qué haré para principiar mi tarea?
—No ser celoso. Su salud lo exige. Debes dejarla en libertad, que salga sola...
—¿Y si la enamoran por ahí?
—No es probable.
—Pero, ¿y si sucediera?
—Te aguantas y la vigilas desde lejos; de no comprometerte a hacerlo así, no cuentes conmigo.
De vuelta a su casa, Alfonso se apresuró a comunicar a Consuelo lo que Gabriel le había prescrito.