—Quiero que te diviertas, que vayas al teatro, que salgas de paseo, que cultives la amistad de tus amiguitas predilectas y asistas a sus reuniones... Cuando yo no pueda acompañarte—agregó Sandoval preparando el terreno para acometer más tarde la magna obra de la emancipación moral de su esposa—, saldrás con la muchacha y luego yo iré a buscarte: deseo, en fin, que te muevas con libertad, ¡qué diantre!... no conviene que estando tan delicadita de salud pierdas la juventud aquí, entre cuatro paredes.
La joven, que al principio le oyó con mucha complacencia creyendo hablaba de fiestas que había de compartir, al comprender que trataban de transportarla sola a otro mundo de agitación, emociones y libertad, para ella desconocido, se enfureció.
—¿Y eres tú quien propone eso?
—¿Tú?...
—Claro, mujer—repuso Alfonso con aire inocente.
—¡Eres un embustero!
—Cómo, ¿hay en mi deseo algo extraordinario? ¿Te he pedido permiso para vestir de moro, obligar a las personas que nos visiten a quitarse los zapatos como si esto fuese una mezquita, o establecer la poligamia en mi casa?... Pues, entonces, ¿de qué te asustas?
Pero Consuelo, irritada por el fingido candor de su esposo, prorrumpió en un chaparrón de sollozos y pucheritos.
—No me quieres ni me has querido nunca—decía—, pues si me quisieras un poco no te atreverías a proponerme esa infamia. ¡Si no te conozco, si pareces otro hombre, si estoy por creer que eres un cualquiera, un don nadie, el vecino de enfrente, que se ha puesto una cara igual a la tuya para engañarme!...