Interpeló rencorosa a don Higinio:

—¿No es cierto que se los pintaba?...

Perea se encogió de hombros; no se acordaba; además, ¿qué mujer elegante, máxime si es francesa, no se pinta un poquito?... Continuó paseándose de un extremo a otro de la habitación, las manos cruzadas atrás, sintiendo que la bizarra conquista y rendimiento de doña Lucía le había endolorido las piernas un poco. La esposa del médico le observaba llena de devoción. En aquel comedor, pensaba, había tres mujeres: ella, Emilia y la del retrato, y las tres habían pertenecido a don Higinio. ¡Ah, qué hombre!...

De improviso, doña Emilia, herida por una presunción repentina, palideció, dilató los ojos, llevose una mano a la frente.

—¿Qué veo? —murmuró—. ¡Es verdad!... Sí... es verdad. El abrigo que tiene puesto esta reverendísima zurrona es el mío. ¡El mío!...

Don Higinio se asombró, se echó a reír. Las mujeres están locas; hay que dejarlas. Doña Lucía cogió el retrato, lo miró bien. Efectivamente, aquel abrigo era el de su amiga. Se volvió hacia Perea desdeñosa:

—¡Qué asco!... Parece mentira...

Don Higinio protestó:

—¡Ah! ¿Usted también?... ¡Cuerno, si no es verdad!... ¿Cómo iba yo a regalarle un abrigo así a una señora casada?

¡Qué coincidencias!... Ahora recordaba que el abrigo de su mujer había calentado, efectivamente, toda una tarde, los hombros de la señorita Enriqueta...