Doña Emilia lloraba abatidamente:

—¡Qué pena para mí!... Sí, es mi abrigo; y no digas que todos los abrigos de piel se parecen, porque este yo lo conozco: ¡es el mío, mi abrigo!... Si no se lo regalastes se lo prestarías para retratarse; ¡y en cueros!... ¡Qué vergüenza!... Ya no lo quiero, está maldito. ¡Ah, se acabó!... Yo pensaba dárselo a mi Carmen, cuando fuese mayorcita; pero ya, tampoco. ¡Se acabó para siempre! Ni ella ni yo. ¡Nunca!...

Así, lagrimeando y hablando, fue apaciguándose su despecho. Luego se acercó a su marido y cogiéndole las manos:

—¿Me dejas romper esa fotografía?...

—¿Por qué? —balbuceó—. ¿Qué te importa después de tantos años?

—Sí, me importa. Tengo de ella unos celos horribles... ¿Me dejas?...

—No seas tonta... Yo no la quiero, ¿comprendes?...; pero me gustaría conservarla: es un trofeo...

Aquel retrato, comprado en el bulevar, no le interesaba ni decía nada a su memoria; sin embargo, quería defenderlo únicamente porque era de París. Pero doña Lucía acudió en auxilio de su amiga.

—¡Sí, señor —exclamó—; ese retrato muere ahora mismo! ¡No faltaba más!... Y hace usted mal, pero muy mal, en no acceder en seguida.

Él comprendió que no podría luchar contra las dos, y bajó la cabeza resignado.