—Hagan ustedes lo que gusten.
Su gesto fue débil y triste, como el de Pilatos entregando a Jesús.
—Ven, Emilia —gritó alborozada doña Lucía, que había cogido el retrato—. ¡Ven! ¡Ahora es la nuestra! ¡Vamos a quemarlo!
Escaparon corriendo y salieron al jardín. Don Higinio, gordo y en mangas de camisa, se había asomado a una de las ventanas para desde allí presenciar el auto de fe, y experimentaba una rara inquietud, como si efectivamente su pasado fuera a deshacerse en humo y cenizas. Era casi de noche y la gran melancolía crepuscular infundía a los árboles majestad y misterio. Salmodiaba una fuente. El jardín callado olía a mentas, a madreselvas, a jazmines, a hinojos.
Doña Emilia y doña Lucía estaban emocionadas. La señora de Hernández reía mucho; su risa era desapacible, estridente; Doña Emilia parecía acobardada y a cada momento miraba a su marido, esperando una reprensión. La presencia del héroe la cohibía. ¿Estaría mal lo que iban a hacer?... Al cabo la hilaridad carcajeante de doña Lucía la ganó, y a su vez, empezó a reír. La esposa y la querida se disponían a vengarse cruelmente de aquella rival por quien Perea, loco de amor, había matado. Ambas se disputaban el gusto de romper el retrato.
—¡Yo, primero!... ¡Trae!...
—¡No, déjame a mí!...
La fotografía, en un santiamén, quedó hecha añicos; amontonaron los pedazos y con una cerilla los prendieron fuego; era algo infantil; una columnita de blanco humo subió retorciéndose en la penumbra violeta. Después, cuando las últimas llamas se extinguieron, las dos a porfía, para desmenuzar bien las cenizas, patearon sobre el rescoldo.
Entonces, de pronto, don Higinio se puso muy triste. ¿Por qué? Tal vez por doña Lucía, que llamó a su corazón tan tarde; quizás por aquella mujer del retrato, a quien no vio nunca.
Llegada la noche, ya en su cama, el héroe de la Grande Jatte suspiró mucho. Doña Emilia, suponiéndole comido de remordimientos, le aconsejó maternal: