Habían dado la entrada en el andén a los viajeros de Andalucía; nuestros asientos comenzaron a ocuparse aceleradamente y las risas y voces del exuberante carácter meridional apresaron mi atención por completo. Nada sorprende tanto a los extranjeros, como este radical polifacetismo del alma española. Un viaje alrededor de España equivale a una excursión por cinco o seis países totalmente diversos. Cada región hispana tiene su carácter, su arquitectura, su música, sus bailes, sus trajes: los romanos no pudieron vencer a los cántabros, y vascos y astures—aunque muy distintos entre sí—conservan la sangre de los iberos primitivos; los gallegos son celtas; los andaluces y valencianos descienden de árabes; los godos, los francos y los fenicios, influyeron en Cataluña...; ¡y divierte observar cómo cada una de estas regiones proyecta en los andenes madrileños, a la hora de salida de sus respectivos trenes, una especie de aliento! Cada convoy es una prolongación de aquella provincia lejana que le impone su nombre, un reflejo de su alma. En el expreso de Hendaya, no obstante su cosmopolitismo, predominan las espaldas anchas y huesudas, las largas narices aguileñas, los pómulos descarnados y los ojos claros, de la raza vasca; los huéspedes de los convoyes galaicos y astures son hombres serios, prudentes y de trato a la vez respetuoso y cordial; se oye platicar en gallego y en bable mesuradamente, y suele haber para las mujeres que ambulan solas un respeto hidalgo. El Mediodía es más turbulento: en los expresos y correos que van a Barcelona—años después lo comprobé por mí mismo—sólo se habla catalán; en los de Valencia, valenciano, y andaluz en los de las líneas andaluzas. Por las noches, durante ese par de horas en que la mayoría de los trenes se va, cada una de las dos grandes estaciones ferroviarias de la Corte reasume el “plano moral” de media Península.
El buen humor español que, la verdad, nunca me pareció muy grande, es patrimonio exclusivo de las regiones frías: las provincias Vascongadas, Aragón, Galicia y Asturias son alegres: lo proclaman sus músicas, sus bailes, su inclinación a los deportes físicos, su potencia estomacal, y algo candoroso que preside los regocijos populares bajo las pomaradas norteñas. En cambio, Castilla, y más aún Andalucía—la vieja Vandalia—son tristes, como la llanura. El regocijo del andaluz es epidérmico; el andaluz se ríe con la piel; ríe por elegancia, por altruísmo, porque sabe que el dolor es desagradable; pero su carne, toda su carne sensual, es trágica. No incurramos en la vulgaridad, harto extendida, de confundir la alegría con la gracia. Un hombre puede ser muy gracioso y estar siempre muy triste, como aquel clown protagonista de un cuento célebre; o, por el contrario, hallarse de felicísimo humor y con muchas ganas de reir, y carecer absolutamente de gracia. Estos dos conceptos, no obstante su diversidad evidente, suelen enredarse en nuestro espíritu por obra de aquella costumbre—reflejo de nuestro egoísmo—que tenemos de creer a los demás en la misma disposición de ánimo que nosotros. Alguien, con sus donaires, pellizca nuestra hilaridad, y en el acto suponemos que también él se ríe; e, inversamente: calificaremos de triste a quien, por placentero que sea, no acierte a divertirnos. Así los andaluces, aunque en secreto lloren o se aburran, se nos antojan felices, pues poseen, como ningún otro pueblo de la tierra, el misterio de la buena risa. El contento es para ellos una especie de traje, y cada cual se esfuerza en comparecer mejor vestido que nadie: si éste triunfa con un dichete, aquél procurará acertar con dos: para el andaluz la gracia es la forma más usual de la filantropía. “A nuestro interlocutor—piensa—debo entretenerle, consolarle, ayudarle a olvidar sus penas, que más de una tendrá.” Al aludido le sucede lo propio, cada cual pone sobre su drama interior una pirueta, y así, del dolor secular—dolor de raza—de todos los andaluces, brota paradójicamente la eterna gracia proverbial de Andalucía.
Yo, en siete años que rodé por aquellas tierras inolvidables de Córdoba y de Sevilla, me divertí mucho con el inagotable picante humor de las charlas, la pimienta de las preguntas, la oportunidad traviesa—a veces corrosiva—de las réplicas, y toda aquella sal prodigada sin medida no bien la conversación se enciende.
La noche a que antes me refería—la de mi primer viaje a Sevilla—era una de las últimas de junio, y el mucho calor parecía desentumecer en todos el deseo de hablar. Peregrinaba con nosotros, rumbo a Cádiz, una compañía de comedias, y la mayoría de los actores se repartieron entre mis compartimientos y los del Negro. Todos, o casi todos, eran andaluces. La primera actriz, Matilde Manzano, a quien yo había llevado a San Sebastián y a La Coruña otros años, iba en el primer coche; el “galán joven”, cuyo nombre no pude saber porque sus camaradas le llamaban “Pedro Domecq” haciendo honor al mucho coñac que bebía, viajaba conmigo. Desde sus respectivas ventanillas, la Manzano y el comediante hablaban a gritos:
—¿Sabe usted a quién le dí un pellizco esta tarde?—decía él.
—A una gorda, sería.
—Se equivoca usted: a una flaca.
—¡Jesús, qué mal gusto!
—A Pilar Gil.
—No me diga usted dónde la pellizcó.