—¿Cómo si lo merece usted?—apoyó Juanito—: ¡más que nadie!... ¡Adentro!...
Penetraron en el compartimiento del torero.
—Manuel—dijo Paisa con un reposo que daba a sus palabras solemnidad—: voy a presentarte a un amigo “de los buenos”, a un partidario tuyo “verdad”. ¡Cuando yo te lo digo!...
El Meñique se levantó y estrechó la mano de don Felipe, que, con elegancia y desparpajo, se había descubierto. Aquel hombre era calvo también, y quedéme pasmado de su fraternal semejanza con el matador: tenía sus ojos negros, su tez cobriza, sus mejillas tristes, su perfil de águila...
—Te advierto—prosiguió “el amigo de Manuel”—que no es calvo; don Felipe no es calvo, pero se afeita la cabeza para parecerse más a ti.
El Meñique rió francamente.
—Hombre... ¡muchas gracias!
Y le examinaba; y cuanto más minuciosamente le detallaba más crecía en él la ilusión de hallarse ante un espejo.
—Así es—ratificó don Felipe—; yo me afeito la cabeza dos veces por semana, para asemejarme a usted más. Y cuando alguien me pregunta: “¿Es usted hermano del Meñique?...” siento que me hincho de satisfacción.
Ya sentados continuaron hablando, y don Felipe declaró tener guardados en álbumes y clasificados cronológicamente cerca de cuatro mil retratos de su lidiador favorito.