Era más de media noche.

Yo pensaba:

—¿Será posible que esta gente no tenga sueño?...

Jamás había presenciado vigilia tan larga.

En Valdepeñas, adonde arribamos con retraso, también esperaban al Meñique. Las escenas de Manzanares y de Alcázar de San Juan se reprodujeron fielmente; las preguntas eran siempre: “¿Cómo está la herida?...” “¿Fué un botellazo, verdad?...” A las que seguían varias palabras ofensivas para la madre de quien arrojó la botella. Después, parabienes, estrujones de manos, promesas de ir a Sevilla pronto, vítores... y el tren que se va.

Al salir de Valdepeñas Manuel pidió le preparasen la cama, pues quería dormir, y delegó en su apoderado el trabajo de recibir a cuantas personas o comisiones estuviesen aguardándole a lo largo de la ruta.

—Porque yo—declaró—no puedo tirar de mi cuerpo.

Aseguróle don Ricardo que nadie le molestaría, y con esta halagüeña perspectiva el matador despidióse de “sus íntimos”, y, cojeando, volvióse a su compartimiento. En el instante de cerrar la puerta, Juanito Paisa le llamó, metiendo los labios por la ranura, llena de luz, que aún quedaba entre el batiente y el marco. Juanito tenía celos de todos los amigos de Manuel, y no perdía ocasión de demostrarles que él era más obsequioso que ninguno y “el último” siempre con quien el diestro hablaba al ir a recogerse.

—¿Quieres algo, Manuel?—averiguó el notario.

—No, gracias.