—¿No se te ofrece nada?
—Nada.
Los grandes toreros, por lo mucho que en aquella y en otras ocasiones comprobé, tienen corta la conversación. “El amigo de Manuel” miraba al espada con cariño filial, con sorpresa, con arrobo: aquel hombre era su admiración, su alegría, su orgullo; era casi el “porqué” de su vida... y observándole languidecía como un “dilettante” de la pintura ante un cuadro maestro. Con ternura de mujer, preguntó:
—¿Para salir del tren, qué traje vas a ponerte?
—Este mismo.
Juanito Paisa apuntó un levísimo mohín de tristeza, y El Meñique abrió un poco la puerta; aquel guiño acababa de lastimarle en su presunción de mozo bien sembrado; en tal momento el amor propio le dolía más que el pie.
—¿Por qué dices eso?—exclamó.
—No sé... por nada...
—¡Habla, hombre! ¿No te gusta este traje?
Se examinaba: era un “completo” de color “marrón”, muy ceñido, que chorreaba majeza, obra de uno de los más afamados sastres sevillanos. A su vez Juanito le miraba con éxtasis, casi pesaroso de haber hablado.