—El traje “marrón”—pudo decir al fin—es perfecto, como todos los tuyos...

—¿Entonces?

—Pero es que lo has llevado dos días seguidos. Por eso, para entrar en Sevilla, me gustaría verte con el gris. ¡Tú no sabes cómo te “cae”!...

Manuel movía la cabeza; consideraba que, para complacer a su amigo, habría de molestarse en abrir la maleta. Juanito Paisa agregó:

—Con el traje gris estás... ¡vamos!... ¡Estás como con ninguno! ¿Iba yo a engañarte?

Desasido y paciente, El Meñique repuso:

—Bueno, hombre; duerme tranquilo: me pondré el traje gris...

Y cerró la puerta.

Para que el torero reposase mejor, don Ricardo Fernán, “el marquesito” y “el amigo de Manuel” se retiraron al departamento contiguo, dispuestos a dormir. Mis otros inquilinos también descansaban, y todas mis luces, excepto las del pasillo, donde quedaban algunos fumadores insomnes, fueron apagadas. Así llegamos a Venta de Cárdenas, donde, sin miedo a lo intempestivo de la hora, varios admiradores del lidiador esperaban. Yo les oía preguntar:

—¿Dónde estará Manuel?... ¿Vosotros no sabéis en qué coche vendrá?...