La circunstancia de hallarse los vagones en tinieblas les despistaba y empezaron a correr, desconcertados, delante del convoy. Les enfurecía el temor de no ver al “ídolo”. Algunos empezaron a gritar:
—¡Manuel, Manuel!...
El apoderado del Meñique y sus compañeros se miraban regocijados y llevándose un índice a los labios, dándose mutuamente la consigna de permanecer callados. Los venteños insistían en su demanda y con los nudillos golpeaban en las ventanillas de los coches; pero el expreso volvió a caminar y quedaron chasqueados. Lo propio acaeció en las estaciones de Santa Elena y Vadollano, y en la de Baeza un individuo, cansado de llamar al Meñique, lanzó una gruesa piedra contra mí y me rompió un cristal. El bárbaro fué detenido.
—El peligro está en Córdoba—decía don Ricardo.
Y “el amigo de Manuel” repetía, afligidísimo:
—¡Eso!... ¡En Córdoba, donde tenemos una parada de quince minutos! Allí no hay escape...
Sus tristes previsiones hallaron confirmación plena. Al entrar, ya casi de día, en la estación cordobesa, columbré una multitud de más de cuatrocientas personas, ávidas de ver al torero herido. Aquel humano enjambre avanzó al encuentro de la máquina, e instantáneamente formó en línea de batalla ante el convoy. A un: “¡Viva El Meñique!”, lanzado al aire por un pecho robusto, respondió un “¡¡Viva!!...” colectivo, ensordecedor y prepotente.
Los coches-camas persistían embozados en su obscuridad, pero en las “primeras” las luces lucían porque el trasiego de viajeros era considerable. Desde el furgón de cabeza al de cola, se oía repetir:
—¡Manuel!... ¿Dónde está Manuel?...
Otras voces discutían: