Una áspera emoción de alegría y de susto me sacudió; una vibración semejante, tal vez, a la que produce en el público de las Plazas la salida del primer toro.
—¿Quiénes son?—dije.
—Por las señas que de ellos nos dió el expreso de Francia, uno debe ser Cardini, el italiano: cobrizo, cenceño, la expresión áspera... Le corta los labios una cicatriz que debieron pintársela a cuchillo.
—¡El mismo!—exclamé—; ¿y el otro?
—Es pequeño, y tiene la cabeza sanguínea y cuadrada, como los hombros. Creo que es Dommiot.
El Presumido reclamó la atención de Doña Catástrofe:
—¡Mira... mira!...
Yo miré también. En la puerta del restaurant de la estación, al que sus ventanas iluminadas daban un aspecto de fiesta, acababa de aparecer la figura simpática, ágil y fuerte, llena de novelesca armonía, del “bello Raúl”. Instantes después Mauricio, el boxeador, que salía de la Cantina, se le acercó; pero si algo hablaron fué rapidísimamente y sin mirarse.
—¿Crees que vendrán con nosotros, Catástrofe?—decía yo.
—Pienso que sí.