—¿Irán a asaltar el tren?...
Doña Catástrofe vacilaba; si tenía opinión, no quería emitirla. Insistí hasta arrancarle una respuesta que mi inquietud estimó poco categórica:
—Recuerda—dijo—lo que acerca de esta gente conversamos días atrás: si fuesen españoles, afirmaría rotundamente que “no”; tratándose de ladrones franceses... ¡la verdad!... no lo sé...
Yo me hallaba situado a la zaga del convoy: detrás de mí iban el coche-correo, con quien no tenía comunicación, y el furgón de cola. Delante llevaba a Doña Catástrofe, y seguidamente y por el orden en que los cito, al Presumido, El Tímido, El Misántropo y los dos Hermanos Sommier. Yo deseaba que Mauricio o el “bello Raúl”, viajasen conmigo, pero, por la dirección en que miraban, supuse que los vagones de vanguardia les interesaban más. En cambio muchos viajeros, recelando tal vez la posibilidad de un choque, me elegían a mí. La mayoría de mis plazas estaban ocupadas, y mis redecillas se curvaban bajo el peso de los equipajes. Entre mis huéspedes había dos turistas inglesas, flacas y de cabellos grises, que estudiaban en sus “Baedeker”; y un novillero andaluz, cuyo nombre no supe nunca, pero a quien conocía por haberle llevado aquel verano a las corridas de San Sebastián. Era un mocetón de gentilísima presencia y muy de arrestos, según demostraré más tarde.
Bajo la marquesina, a cuya cristalería las luces del andén comunicaban un júbilo argentino, resonaba un murmullo ininteligible de multitud: ruido de conversaciones, de pisadas; voces de gentes que se buscan y se despiden; pregones... Un muchacho gritaba los títulos de los diarios que acababan de llegar; a lo largo del expreso, la voz monótona de un individuo vestido con una blusa blanca, repetía:
—¡Almohadas de viaje!...
“El bello Raúl” y su cómplice subieron al tren en el preciso momento en que éste arrancaba: Raúl entró en El Misántropo; Mauricio, en El Tímido. Yo estaba inconsolable.
—¡Qué lástima!—suspiré.
Doña Catástrofe, que adivinó la razón de mi pena, me regañó:
—¡Cállate, Cabal!... Más vale así. ¿Para qué quieres exponerte a que esos desalmados, si por acaso acometiesen a los pasajeros, te dan un tiro?...