No contesté porque me hallaba en un estado de nerviosidad desconocido para mí; y supuse que mi sobresalto no debía de ser completamente irrazonado al cerciorarme de que mis compañeros, cuál menos cuál más, participaban de él. De extremo a extremo del expreso, como por un hilo eléctrico, nuestras impresiones iban y venían aceleradas y sigilosas. Yo le preguntaba a Doña Catástrofe:

—Oye: ¿qué hacen “esos”?...

—Jacobo Dommiot va leyendo un periódico.

—¿Y Cardini?

—No hace nada.

—¿Duerme?

—No: ni lee ni duerme: mira.

—¿A quién?—insistía yo que buscaba, en cada gesto de los malhechores, el prólogo de un drama.

—A nadie—replicaba paciente el anciano Doña Catástrofe—; Cardini no parece reparar en nadie, no mira a nadie: tiene la cabeza apoyada contra el respaldo y sus ojos insomnes miran delante de él, lo cual es mucho peor...

Transcurridos algunos minutos el veterano vagón, que, a fuer de viejo, era curioso, indagaba: