—¿Qué hace “el bello Raúl”?...

—Nada sospechoso: lleva la visera de su gorra sobre la nariz y los ojos cerrados.

—¿Duerme, efectivamente?

—No: pero parece procurarlo de buena fe, y ello me tranquiliza.

De este modo las noticias ambulaban por la cadena invisible que—semejantes a eslabones—formaban nuestras preguntas y respuestas. Aquellos cuatro bandidos nos obsesionaban, nos desvelaban: su vivir borrascoso les embellecía y servía de prestigioso basamento a sus figuras: les temíamos, les admirábamos y envidiábamos su estrella rebelde; entre tanta gente estaban solos y más alto que nadie; en sus armas llevaban sus fueros, sus pragmáticas; eran “los protagonistas” del convoy.

A espaciados intervalos, de punta a punta del tren, las mismas interrogaciones, tantas veces repetidas, y que eran como las llamas con que ardía nuestra curiosidad, volvían a correr.

—¿Qué hace Dommiot?

—Leer.

—¿Y el italiano?

—Cardini mira; y supongo que piensa cuando mira tanto.