— ¡Chara Nandi! — exclamó Evda Nal —. Ya me lo suponía… Pero ¿de dónde había salido?
— ¡Claro que no de la espuma y del fulgor de las estrellas! — repuso Chara, dando suelta a su risa, argentina —. De una fábrica de albúminas, simplemente. Nos encontrábamos entonces al borde de la zona de los sargazos, donde se cría la clorella.
Yo trabajaba allí de biólogo.
— Supongámoslo — asintió conciliador Kart San —. Pero desde aquel momento usted fue para mí la hija del Mediterráneo, surgida de la espuma, y el modelo forzoso para mi cuadro. Llevaba esperándola un año entero.
— ¿Nos permite que vayamos a ver el lienzo? — rogó Veda Kong.
— Desde luego, pero no a las horas de trabajo; es mejor por la tarde. Yo pinto muy despacio y no puedo soportar la presencia de nadie mientras estoy creando.
— ¿Emplea usted pinturas?
— Nuestro trabajo ha cambiado poco en los milenios de existencia de la pintura. Las leyes ópticas y el ojo del hombre son los mismos. Se ha agudizado la percepción de algunos matices e inventado las pinturas cromocatóptricas, con reflejos internos, y algunos métodos de armonización de colores. Pero, en general, los pintores de la más remota antigüedad trabajaban como yo. Y en ciertos aspectos, mejor… Hay que tener paciencia, y saber creer; nos hemos vuelto demasiado impetuosos y faltos de fe en nuestra razón. Y para el arte, la ingenuidad es preferible a veces… ¡Bueno, me he puesto a divagar otra vez! Debo marcharme, ya es hora… Vamos, Chara.
Todos se detuvieron para seguir con la mirada al pintor y a su modelo.
— Ahora ya sé quién es — murmuró Veda —. Yo he visto su cuadro «La hija de Gondwana».