Afrodita Anadiómene, nacida de la espuma, emergida del mar… ¡Una diosa que nació de la espuma fecundada por el fulgor de las estrellas sobre el mar, en la noche! ¿Qué pueblo ha inventado algo más poético?…
— Del fulgor de las estrellas y la espuma del mar — repitió en un susurro Chara. Veda Kong miró con disimulo a la muchacha.
Su perfil neto, como tallado en madera o en piedra, evocaba los pueblos antiguos. La nariz, pequeña y recta, ligeramente redondeada; la frente, un poco inclinada hacia atrás; el tesonero mentón y, en particular, la gran distancia entre la nariz y la oreja, todos los rasgos característicos de los viejos moradores de la cuenca del Mediterráneo estaban reflejados en el rostro de Chara.
Veda la examinó discretamente, de pies a cabeza, y decidió que todo en ella era un poco «excesivo». La piel, demasiado tersa; el talle, demasiado fino; las caderas, demasiado anchas… Manteníase muy erguida, lo que destacaba su busto firme. Tal vez fuera aquella acentuación lo que buscaba el artista.
Mas cuando una barrera rocosa le cerró el paso, Veda cambió de opinión inmediatamente: Chara Nandi saltaba de piedra en piedra con la ligereza y gracia de una bailarina.
«Sin duda, hay en sus venas sangre india — pensó Veda —. Se lo preguntaré luego…» — Para crear «La hija de Tetis» — continuó el pintor —, necesitaba familiarizarme con el mar, habituarme a él por entero, pues mi cretense deberá salir del mar como Afrodita, pero de manera que todos lo comprendan. Cuando me disponía a pintar «La hija de Gondwana», trabajé tres años en una explotación forestal del África Ecuatorial. Terminado el lienzo, me puse a trabajar de mecánico en una motora postal, y estuve repartiendo el correo, a través del Atlántico, durante dos años. Llevaba la correspondencia a todas esas factorías pesqueras, salinas y fábricas de sustancias albuminoideas que se encuentran allí, flotando sobre enormes balsas metálicas.
«Una tarde, yo conducía la motora por el Atlántico central, al Oeste de las Azores, donde una contracorriente se junta con la corriente septentrional. Allí corren siempre grandes olas, una tras otra, tremendas, como cadenas montañosas. Mi lancha motora tan pronto se lanzaba contra las nubes bajas, como volaba sobre las simas que se abrían entre las olas. Rugía la hélice; yo estaba de pie en el alto puente, junto al timonel. Y de pronto… ¡Nunca lo olvidaré!
«Imagínense, una ola más grande que las otras venía rauda a nuestro encuentro. Y en su lomo, bajo las mismas nubes compactas y cernidas, de un color rosáceo con nacarados reflejos, se alzaba una muchacha cuyo cuerpo parecía de bronce rojizo… La ola avanzaba silenciosa, y ella se deslizaba sola, henchida de orgullo, en medio del océano infinito. Mi motora se elevó a gran altura y pasamos veloces frente a la muchacha, que agitaba la mano saludándonos afectuosa. Entonces advertí que se mantenía sobre un lat, una de esas planchas con acumulador y motor que se gobiernan con los pies.
— Las conozco — repuso Dar Veter —. Sirven para deslizarse sobre las olas.
— Lo que más me sorprendió fue que, alrededor, no hubiera nada; tan sólo nubes bajas, el mar, desierto en cientos de millas a la redonda, la luz vespertina y la muchacha sobre la ola enorme. Aquella muchacha era…