Apenas hubo callado Ren Boz, tomó de nuevo la palabra Mven Mas:

— Yo tengo, por añadidura, un motivo personal. Cuando yo era joven, cayó en mis manos una recopilación de viejas novelas históricas. En ella había una dedicada a sus antepasados, Dar Veter. Habían sido atacados por uno de esos grandes conquistadores de antaño, salvajes exterminadores de seres humanos, que tanto abundaban en la historia de la humanidad en las épocas de las sociedades primitivas. La novela hablaba de un joven fuerte que quería, con un amor sin límites, a una muchacha. Su adorada fue hecha prisionera y llevada a lo que entonces se llamaba el «destierro». Imagínese usted: hombres y mujeres, atados, eran conducidos, como el ganado, al país de los invasores.

La geografía de la Tierra no la conocía nadie, los únicos medios de locomoción eran los caballos de silla y las bestias de carga. Nuestro planeta era a la sazón más enigmático y vasto, más peligroso e infranqueable que hoy día el Universo. El joven héroe buscó a su amada durante años y años, vagando a la ventura, corriendo toda suerte de riesgos en el corazón de las montañas de Asia. Difícil es expresar la impresión que produjo aquel libro en mi alma de adolescente, pero hasta hoy me parece que sería capaz de salvar todos los obstáculos del Cosmos, ¡con tal de conseguir el objetivo amado!

Dar Veter esbozó una sonrisa.

— Yo me hago cargo de sus sentimientos, pero no comprendo qué relación lógica existe entre esa novela rusa y su afán de dominar el Cosmos. La actitud de Ren Boz me es más comprensible. Aunque usted me ha prevenido de que se trata de un motivo personal…

Dar Veter calló. Su silencio se prolongaba tanto, que Mven Mas empezó a removerse inquieto.

— Ahora caigo en la cuenta — reanudó sus consideraciones Dar Veter — de por qué antes los hombres fumaban, bebían, tomaban narcóticos para animarse en los momentos de indecisión, de zozobra, de soledad. Ahora, yo también estoy solo e indeciso. No sé qué decirles. ¿Quién soy yo para prohibir esa grandiosa experiencia? Pero, al propio tiempo, ¿puedo autorizarla? Deben dirigirse al Consejo, y entonces…

— ¡No, eso no! — repuso Mven Mas, levantándose, y su enorme cuerpo se puso en tensión como ante un peligro mortal —. Conteste a nuestra pregunta: ¿haría usted el experimento? Como director de las estaciones exteriores. No como respondería Ren Boz… ¡Su asunto es diferente!

— ¡No! — contestó Dar Veter con firmeza —. Yo esperaría aún.

— ¿A qué?