Pasaron cuatro meses. La astronave seguía su verdadera trayectoria, exactamente calculada, que contorneaba la región de los meteoritos libres. La tripulación, extenuada por las peripecias y el enorme trabajo, estaba sumida en un sueño que había de durar siete meses. Esta vez no eran tres, sino cuatro personas las que velaban: a Erg Noor y Pur Hiss, que estaban de guardia, se habían agregado Luma Lasvi y el biólogo Eon Tal.

El jefe de la expedición, que había logrado salir de la situación más difícil en que se encontrara una astronave terrestre en todos los tiempos, se sentía solo. Era la primera vez que cuatro años de viaje hasta la Tierra le parecían interminables. No trataba de forjarse ilusiones, de engañarse a sí mismo, porque sólo en nuestro planeta tenía esperanza de salvar a su Niza.

Venía demorando largamente algo que debía haber hecho al siguiente día de emprender el vuelo; la proyección de los estereofilmes electrónicos del Argos. Erg Noor quería ver y oír con Niza las primeras noticias de los espléndidos mundos, de los planetas que rodeaban a la estrella azul y de las noches estivales de la Tierra. Deseaba que Niza estuviese con él cuando se realizasen los más audaces y románticos sueños del pasado y el presente: el descubrimiento de nuevos mundos siderales, futuras islas lejanas de la humanidad…

Aquellos filmes — rodados a ocho parsecs del Sol, hacía ochenta años, y guardados en la astronave descubierta en el planeta negra de la estrella T — se conservaban en perfecto estado. Y la estereopantalla semiesférica llevó a los cuatro espectadores de la Tantra a la región donde la azul Vega brillaba alta, esplendorosa.

Con rapidez, cambiaban los breves temas: aparecía, agrandándose, el astro de deslumbrantes fulgores azules; sucedíanse cuadros instantáneos, descuidados, de la vida de la nave. El jefe de la expedición, extraordinariamente joven para el cargo — tendría a lo sumo veintiocho años —, trabajaba ante la máquina calculadora. Astronautas aún más jóvenes realizaban las observaciones. Se mostraban las obligatorias pruebas deportivas y danzas rítmicas ejecutadas diariamente por los tripulantes con precisión de acróbatas.

Una voz burlona explicaba que la campeona, durante todo el viaje a Vega, continuaba siendo la biólogo. Y en efecto, aquella muchacha de cabellos cortos, del color del lino, combaba de un modo prodigioso su espléndido cuerpo, magníficamente desarrollado, exhibiendo los más difíciles ejercicios.

Al ver aquellas imágenes, completamente reales, que conservaban la naturalidad del colorido, se olvidaba que aquellos jóvenes astronautas, tan alegres y enérgicos, habían sido devorados hacía mucho tiempo por los terribles monstruos del planeta de la estrella de hierro.

La sucinta crónica de la vida de la expedición pasó en un abrir y cerrar de ojos. Los amplificadores de luz del aparato de proyección empezaron a susurrar zumbantes: el astro violeta brillaba con una claridad tan intensa, que hasta su pálido reflejo en la pantalla obligó a los espectadores a ponerse gafas de protección. La estrella gigantesca, muy aplanada, casi tres veces mayor que el Sol por su diámetro y masa, giraba vertiginosamente a la velocidad ecuatorial de trescientos kilómetros por segundo. Aquel globo de un gas de indescriptible refulgencia, con una temperatura de once mil grados en su superficie, extendía a millones de kilómetros sus alas de arisado fuego. Parecía que los rayos de Vega, como potentes lanzas, de millones de kilómetros de longitud, volaban por el espacio atravesando y destruyendo cuanto encontraban en su camino. En lo hondo de su resplandor se ocultaba el planeta más próximo a la estrella azul. Mas ninguna nave de la Tierra o de sus vecinos del Circuito podía llegar a aquel océano de fuego. A la proyección visual siguió un informe verbal sobre las observaciones efectuadas, y en la pantalla aparecieron las líneas semiespectrales de unos planos estereométricos que indicaban la situación del primero y del segundo planeta de Vega. El Argos ni siquiera había podido aproximarse al segundo, situado a cien millones de kilómetros de la estrella.

Unas monstruosas protuberancias, emergidas de las profundidades de aquel océano de transparentes llamas violeta — la atmósfera sideral —, tendían en el espacio sus destructores brazos, abrasándolo todo. Era tan grande la energía de Vega, que emitía la luz de los quanta máxima, parte violeta e invisible del espectro. A los ojos humanos, incluso protegidos por un triple filtro, les daba una espantosa impresión de irrealidad, de la presencia de un fantasma, casi invisible, portador de un peligro mortal… Tempestades de luz se desencadenaban, superando la atracción de la estrella. Sus repercusiones lejanas sacudían y balanceaban el Argos. Los contadores de rayos cósmicos y de otras radiaciones duras dejaron de funcionar. En el interior de la nave, a pesar de su coraza, empezó a producirse una ionización peligrosa. Y allí dentro de la astronave, se podía conjeturar únicamente la furia con que se precipitaba en los abismales espacios aquel tremendo torrente de rayos y el inútil derroche de quintillones de kilovatios de aquella energía.

El jefe del Argos conducía prudentemente la astronave hacia el tercer planeta, muy voluminoso, pero revestido tan sólo de una fina capa de atmósfera transparente. Por lo visto, el ígneo aliento de la estrella azul había quitado el manto de gases ligeros, que se extendía, como una larga cola de débil brillo, tras la parte oscura del planeta. Las corrosivas emanaciones del flúor, el veneno del óxido de carbono y la densidad de los gases inertes hacían que en aquella atmósfera no pudiera subsistir, ni un segundo, nada terrestre.